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Los sin derechos
Por Ileana Alamilla - Guatemala, 25 de mayo de 2005

Notas de prensa reportan un incremento de las extorsiones en contra de quienes, de forma irregular, osan cruzar hacia el paraíso.

Ser migrante indocumentado es sinónimo de desprotección, persecución, discriminación, además de agresión, extorsión y abuso, hechos que niegan todo respeto y reconocimiento a la universalidad de los derechos humanos, independientemente de nacionalidad, idioma, sexo, pertenencia étnica o condición social.

Buscar mejores oportunidades de vida, en atención a los modelos promocionados como altamente democráticos y de oportunidades, convierte a los ilusos viajeros en sujetos vulnerables y susceptibles de sufrir toda clase de arbitrariedades y humillaciones.

Notas de prensa recientes reportan un incremento de las extorsiones en contra de quienes, de forma irregular, osan cruzar hacia el paraíso, cuyas autoridades han tomado medidas para cerrar sus fronteras con mil candados y cancerberos, desatando verdaderas cacerías humanas, mientras construyen la “muralla” que cerrará definitivamente el ingreso.

El tránsito se convierte así en una verdadera odisea en la que se esquivan toda clase de obstáculos, con el consiguiente riesgo para la vida de las persona. Al llegar al lugar de destino se encuentran con que a los migrantes se les considera como una amenaza a la seguridad social, ciudadana y nacional.

Toda esta hostilidad se traduce en limitaciones a los accesos a servicios de salud, educación, seguridad social, así como en arduas jornadas de trabajo, bajos salarios, agresiones físicas, hacinamiento y el rechazo a la integración social. Más recientemente, estas víctimas del sueño americano también son virtualmente “cazadas” por civiles xenofóbicos que patrullan la frontera.

Pero resulta que toda esa mano de obra aporta enormes beneficios al país receptor, ya que con su sobreexplotada fuerza de trabajo desempeña labores agrícolas y de servicios que los “ciudadanos estadounidenses” no realizan, mientras que para sus países de origen, las remesas enviadas se han convertido en el principal ingreso de divisas, como es el caso de Guatemala y El Salvador.

Pero si esa ruta del absurdo es increíble, el sarcasmo de algunos congresistas estadounidenses de pretender incluir esos fondos como parte de la cooperación oficial, ejemplifica la falta de limites del descaro.

Definitivamente, no puede tener ese carácter el dinero que ingresa al país producto del sacrificio de los guatemaltecos y guatemaltecas que han logrado llegar a EE.UU. arriesgando su integridad física y aventurándose en un viaje incierto. Sólo eso faltaba, que ahora se pretenda contabilizar como “cooperación” lo que nuestros connacionales envían como remesas, después de evadir los abusos de las autoridades migratorias estadounidenses.

Fuentes: www.prensalibre.com


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