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La impunidad togada
Por Ileana Alamilla - Guatemala, 21 de septiembre de 2005

Por muy largas que sean las togas no lograrán cubrir, ni la vulnerabilidad de los jueces, ni la impunidad con la cual los identifica la población.

En Guatemala, somos una minoría quienes gozamos de los beneficios del desarrollo. Es denigrante, como país, que más de la mitad de la población sea pobre y casi una cuarta parte extremadamente pobre. No es posible que el Estado guatemalteco permanezca impávido ante la desigualdad, el hambre crónica y la descomunal concentración de la riqueza.

Lamentablemente en el oscuro horizonte no se vislumbran rayos de amanecer. La penumbra de la exclusión, la corrupción y el cúmulo de mafias enraizadas en el Estado y en la sociedad se imponen.

Un componente de este infame entramado lo constituye la persistente impunidad, que se profundiza diariamente, con la responsabilidad, por acción u omisión, de los llamados a combatirla.

La presidenta del Colegio de Abogados, Yolanda Pérez, con un acertado recurso metafórico señaló que el sistema judicial se encuentra “estable, pero en el intensivo”. La imagen, a pesar de la gravedad, tiene un atisbo de esperanza, pues deja abierto el anhelo de que la enfermedad no sea terminal.

En la realidad cotidiana de los juzgados y tribunales, el cúmulo de procesos existente hace humanamente imposible que los casos se ventilen en los plazos establecidos.

Este año han ingresado al Organismo Judicial ¡más de 131 mil procesos!, tramitados en apenas 565 juzgados y de los cuales sólo 5 por ciento, aproximadamente, llegan a sentencia.

Muchos juzgadores sufren amenazas o intimidaciones.

Plomo o plata parece ser la alternativa. Entidades como la Comisión Internacional de Juristas solicitó garantizar la seguridad de los operadores de justicia e investigar los crímenes cometidos contra jueces y fiscales.

Más de 54 jueces están amenazados de muerte. En la actualidad hay un presupuesto de 19 millones de quetzales para pagar la seguridad privada de los encargados de la administración de justicia.

Mientras tanto, la mayoría de la población está resguardada por su ángel de la guarda, que demasiadas veces se distrae con las consecuentes desgracias personales y familiares.

Pero la alta jerarquía de la Corte Suprema de Justicia pareciera que en este momento tiene dos preocupaciones que realmente le inquietan. Una es la lucha por la presidencia de ese organismos; y la otra, más bien cosmética, es su afán por togar a los juzgadores, para que luzcan en las audiencias con tan formal y elegante atuendo.

Sin embargo, por muy largas que sean las togas no lograrán cubrir, ni la vulnerabilidad de los jueces, ni la impunidad con la cual los identifica la población. Aunque es justo reconocer que el problema es sistémico, no de personas, estén ellas desnudas, trajeadas o togadas.

Fuente: www.prensalibre.com


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