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Homenaje al doctor Arévalo
Por Ileana Alamilla - Guatemala, 26 de octubre de 2005

El estado guatemalteco se vistió de gala con un estadista a la cabeza.

Por la historia que ha vivido Guatemala, pareciera de ciencia ficción haber tenido un escenario democrático con presidentes revolucionarios. El hecho insólito en el país de lo inverosímil sucedió en un momento importante de la humanidad, precisamente cuando en Europa era derrotado el fascismo.

La tiranía, la represión y el ultraje han sido los signos recurrentes de los estilos de gobernar.

Romper con esos esquemas es impulsar la revolución. Lo hizo Juan José Arévalo y lo intentó profundizar Jacobo Árbenz, quien no tuvo la fortuna de contar con un ministro de la Defensa que abortara los intentos de derrocamiento como él lo hizo con Arévalo.

La construcción de la institucionalidad democrática y la recuperación de la confianza de la población, fue una tarea encomiable del Primer Gobierno de la Revolución, que requirió empeño, creatividad, voluntad y decisión política. Las credenciales de filósofo, pedagogo, escritor, humanista y político del mandatario contribuyeron a posibilitarlo.

Muchas críticas pueden haber a su personalidad, algunas fundadas, otras mezquinas y algunas marcadas por la ceguera reaccionaria, pero lo que no puede regatearse por persona alguna es que, por primera vez, Guatemala tuvo a un presidente humanista, impulsor de políticas a favor de las mayorías, principalmente en materia de educación, salud, trabajo y previsión social.

El Estado guatemalteco se vistió de gala con un estadista a la cabeza. La retórica de izquierda no fue necesaria en el impulso a la educación para los marginados, en la tutela de los trabajadores, en la dignificación del magisterio, en la promoción del deporte y en la protección de la soberanía y patrimonio cultural.

Ese orden que busca la armonía, que conduce al equilibrio y la equidad y que, al potenciarse, se traduce en un acercamiento a la justicia, fue factible en esas condiciones. “Gobernar democráticamente un país es más difícil y complejo de lo que muchos piensan...”, decía Arévalo, quien añadía, para ejemplificar, que la dictadura es la más cómoda de las formas de gobernar, ya que no requiere talento, ni cultura, ni experiencia, basta el punto cerrado..., lo que para este pueblo no es nada ajeno, es vivencia pura, sinónimo de humillación y muerte. La para el Esclarecimiento Histórico lo tiene documentado.

Por todo ese vasto legado democrático y social, es loable la decisión del Congreso de hacer un reconocimiento póstumo al doctor Arévalo, entregando la Orden Soberano Congreso Nacional, en el Grado de Gran Collar, a su familia. Merece reconocimiento también el diputado Mario René Chávez, impulsor de la iniciativa.

Fuente: www.prensalibre.com


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