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El pragmatismo político
Por Ileana Alamilla - Guatemala, 17 de enero de 2007

¿Dónde queda la ética de la política?

El fortalecimiento del sistema de partidos políticos es deseable y sustancial para la democracia.

Y aunque tal propósito debería ser compartido por toda la ciudadanía, es innegable que los políticos son los principales responsables de que esto se logre. Una coyuntura electoral debería ser la arena más apropiada para la búsqueda de tan necesario propósito. Los procesos electorales, dada su preponderancia mediática, podrían servir para robustecer la cultura política de la ciudadanía.

Pero, lamentablemente, en la realidad nacional, esta coyuntura electoral -que actualmente entra en su etapa más intensa- está presentando un espectáculo que debilita estructuralmente el sistema de partidos, porque origina la agudización de la descomposición de la clase política y genera, a nivel colectivo, conceptos sobre la política y los partidos que debilitan la dimensión ética de la política en la sociedad entera.

Me refiero a lo que denomino el ramplón pragmatismo político, que estaría constituido por dos fenómenos que están sucediendo. Uno es el comportamiento camaleónico de muchos políticos que cambian de un partido a otro, incrementando el transfuguismo -pero en su versión más vulgar, motivados únicamente por la angustia de su reelección como diputados o alcaldes-.

Para el logro de este objetivo individual, el partido resulta completamente irrelevante, pues se reduce a contar con un mecanismo institucional, meramente formal, que permita la candidatura.

Por lo tanto, no importa el partido, ya que su valor está representado en la ficha que posibilita la participación en la contienda.

Y el otro fenómeno es el de las alianzas partidarias que se están conformando, dadas las motivaciones explícitas que se manifiestan. Se trata de hacer cuentas sobre posibilidades de votos y de acuerdos sobre la futura distribución del pastel, sin ninguna otra consideración.

Se razona como que fuera una acción empresarial de cara a un mercado que debe ser conquistado y a una posible distribución posterior de utilidades.

Los elementos programáticos y los contenidos ideológicos nada tienen que ver con estas prácticas, las cuales convierten en algo común y “natural” el mercantilismo en la política. Así, los políticos incrementan su cinismo (basta leer algunas declaraciones en los medios sobre las justificaciones de sus decisiones), y la ciudadanía se acomoda a la “normalidad” de las componendas.

¿Dónde queda, entonces, la ética de la política? Pues definitivamente ausente, y lo que es peor, sin posibilidades de reivindicarla, porque el ramplón pragmatismo convierte en normal el que esta relación se torne irrelevante.

Fuente: www.prensalibre.com


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