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Las uñas del gato
Por Ileana Alamilla - Guatemala, 22 de mayo de 2007

El movimiento sindical debe ser reivindicado.

Hace unos años, el mundo se impactó cuando circuló internacionalmente la noticia de que en Guatemala secuestraron, en un solo operativo, a 27 secretarios generales de varios sindicatos pertenecientes a la Central Nacional de Trabajadores (CNT), quienes se encontraban reunidos en la sede de la entidad, ubicada en pleno centro capitalino.

Hay un sobreviviente, quien ha dejado constancia de este secuestro masivo perpetrado por las fuerzas de seguridad. A los pocos días, un nuevo zarpazo cayó sobre el lastimado sindicalismo guatemalteco: otros 17 dirigentes fueron secuestrados en la finca Emaús.

Era la época de la furibunda represión que literalmente eliminó a las dirigencias populares, sociales, sindicales, campesinas, estudiantiles y a la intelectualidad representada mayoritariamente por profesionales de la Universidad de San Carlos.

Unos años antes, esa política de Estado había cobrado numerosas víctimas, entre ellas, el dirigente magisterial Víctor Manuel Gutiérrez, quien también se desempeñó como un honorable diputado (esto sonará muy extraño y ajeno en nuestra época), personaje reivindicado una y otra vez por quienes han abordado la historia del país con ojos de justicia.

Su talla, tan grande como su honorabilidad y sencillez, requiere de ser recordada en estos momentos en que otros dirigentes desprestigian el sindicalismo.

Es inaudito que los privilegios y prebendas sindicales sean tan descomunales y que se construyan y defiendan blandiendo la bandera de los derechos laborales. Es innegable la necesidad de que exista un contrapeso a la ilimitada voracidad de ganancia de los empresarios; pero nadie puede identificarse y asumir como justo el abuso en las prebendas sindicales, ni aceptar ciertas prácticas por parte de algunos dirigentes.

No es posible que haya tantos dirigentes gozando de permisos sindicales en el sector público; es cuestionable que los trabajadores del Estado no entiendan que su trabajo no beneficia las ganancias empresariales, sino que a la población más necesitada. No son los ricos ni las clases medias los que se ven perjudicados cuando huelgan maestros, médicos o trabajadores de la salud.

Las revelaciones recientes sobre la proliferación de sindicatos en los ministerios y otras entidades públicas nos recuerdan la multiplicidad de partidos políticos. Pareciera que cada uno de estos sindicatos se constituye no para defender los intereses de los trabajadores a quienes dicen representar, sino que para garantizar los correspondientes a las cúpulas que los organizan.

Mientras tanto, los verdaderos trabajadores deben laborar largas y azarosas jornadas, yendo y viniendo en ese peligroso servicio de transporte público.

Por eso, los pobres enfermos o los niños descalzos tienen que esperar en las aceras de los hospitales o en las puertas de las escuelas, viendo cómo las dirigencias, en nombre de la clase obrera, sacrifican los intereses populares.

Pero talvez lo más indignante es la defensa que hacen de sus onerosos privilegios. Una de las dirigentes del Sindicato de Trabajadores de la Salud, en declaraciones a la prensa, afirmó que "un sindicato sin Pacto Colectivo es como un gato sin uñas".

Aun cuando la discusión y existencia de los pactos es parte inherente de la defensa de los derechos laborales y una conquista legítima, ¿será que un gato tiene que tener las uñas tan largas cuando las usa para arañar al Estado, a sus defendidos y a los pobres con cuyos intereses dice identificarse?

El movimiento sindical debe ser reivindicado con acciones y dirigentes que rompan con esas prácticas que los están llevando al colapso y al desprestigio.

Fuente: www.prensalibre.com - 210507


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