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Mírame
Por Ileana Alamilla- Guatemala, 19 de septiembre de 2007

Está demostrado que la alimentación constituye el primer factor determinante para el desarrollo de un ser humano.

Entre los más de ocho millones de pobres, hay un segmento constituido por niñas indígenas, que desde su nacimiento llevan un estigma que las invisibiliza, las discrimina y las excluye para el resto de su vida, en distintos espacios, tanto públicos como privados.

La infancia, disfrutada con juegos y vacaciones por algunos afortunados que integran la minoría y que es desconocida para millones, se convierte en un martirio para estas niñas indígenas, aunque se crea que ellas están acostumbradas a desenvolverse de ese modo. Sus maneras silenciosas de transcurrir en la vida, sus sonrisas truncadas, los juguetes ajenos, son cotidianidades vividas permanentemente por quienes son víctimas de este sistema excluyente que debería revertirse en un esfuerzo conjunto Estado-sociedad.

Desde el nacimiento de estas desafortunadas niñas indígenas, su madre no se ganó la gallina; el entorno lamenta su sexo, y a partir de ese momento se inicia su travesía por los dominios de los hombres y de los mestizos, su reducción a las tareas domésticas, su esclavitud a la ignorancia y al analfabetismo, sus paseos para acarrear agua, sus danzas en la piedra de moler y su bronceado frente al comal, en donde además deben aplaudir su suerte. Muchas ni siquiera son contadas en los censos, porque su existencia no fue legalmente inscrita.

La obediencia debida y la vocación de servicio para todos contrasta con el “privilegio”, por supuesto dentro de la miseria en que vive toda la familia, que tienen sus hermanos, expresado hasta en el momento de la comida, cuando debe esperar el último turno, junto a su madre.

A la escuela irá, dependiendo de las condiciones del hogar, pero tradicionalmente son los hijos los que ocupan la prioridad, ya que los padres carecen de recursos para adquirir los útiles escolares. Es impresionante el índice de escolaridad de 1.2 años, equivalente al primer año de educación primaria de las mujeres indígenas del área rural, según el informe “Mírame”, de Unicef, en Guatemala.

Está demostrado que la alimentación constituye el primer factor determinante para el desarrollo de un ser humano, sobre todo a nivel intelectual, pero si además de la desnutrición crónica que padecen, las niñas indígenas reportan altas tasa de inasistencia escolar, repitencia, deserción y escasa cobertura a nivel secundario, es impensable que logren romper con ese círculo perverso que por siglos ha reproducido la historia de sus antecesoras.

Ante esa gran deuda social, no podemos continuar indiferentes. Unicef ha aportado datos irrefutables en el informe “Mírame”, el cual plantea otro desafío de los muchos que tenemos las guatemaltecas y guatemaltecos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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