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Madres adolescentes
Por Ileana Alamilla- Guatemala, 1 de octubre de 2007

La divulgación de información sobre derechos sexuales y reproductivos debe despojarse de prejuicios.

Debe preocuparnos tener la tercera tasa más alta de fecundidad adolescente en América Latina.

Las consecuencias de esta situación son trágicas para la vida y desarrollo, tanto de esas madres prematuras como de los hijos (as) que procrean. Pero, además, esas jovencitas, en su desesperación, muchas veces ponen en grave riesgo su vida al interrumpir el embarazo de manera clandestina y en condiciones inadecuadas, desafiando las múltiples y variadas prohibiciones que persisten sobre este tema.

Reportajes periodísticos recientes revelaron que anualmente 114 de cada mil mujeres entre 15 y 19 años tienen un hijo (a), que menos de la mitad de las adolescentes sexualmente activas usan algún método de planificación, que el 83% de los y las jóvenes unidas o casadas no desean un embarazo en los siguientes dos años y que el 68% de las madres menores de 20 años no tienen educación primaria.

Todo esto en pleno siglo 21 y en una sociedad que no sólo se niega a reconocer la importancia de estas realidades, sino que las oculta o manipula de acuerdo con sus prejuicios.

En junio de este año se revelaron, por parte de una facilitadora de procesos de salud reproductiva en Chiquimula, estadísticas desgarradoras: de enero a abril, 487 embarazos fueron reportados en jóvenes menores de 19 años, de éstos, 76 eran niñas ¡entre 10 y 14 años!

Si pensamos que en el mundo 529 mil mujeres mueren anualmente durante el embarazo y el parto, principalmente en países en desarrollo, por causas prevenibles, no es posible dejar de considerar que las adolescentes guatemaltecas sean potenciales estadísticas en este macabro recuento mundial de muertes, tan precoces como los embarazos que las provocan.

Sería conveniente que las familias que no estamos entre los ocho millones de pobres de nuestro país nos imaginemos el futuro si fueran nuestras menores hijas las que enfrentaran esa situación.

Coloquémonos del lado de las mayorías que, sumado a sus carencias, enfrentan también la adversidad de una adolescente embarazada. Imaginemos a nuestras hijas de esa edad teniendo que abandonar la escuela, asumir cualquier trabajo para sobrevivir, colocándose en una situación de vulnerabilidad ante la sociedad debido a los prejuicios y tabúes que nos rigen; su futuro y desarrollo sería totalmente incierto y limitado. Y, en algunos casos, se verían forzadas a abandonar al niño (a) o bien darlo en adopción a esos negociantes que están a la caza de estas tragedias.

Son tantos los castigos para una sola humanidad que no podemos permitir que los cargue solita, cuando el Estado y toda la sociedad es corresponsable de esa situación.

Alejandro Silva, director nacional de Salud Reproductiva del ministerio del ramo, asegura que la educación es el arma adecuada para detener los embarazos de las adolescentes. Un enorme obstáculo para aplicar ese correctivo radica en criterios conservadores y machistas que las orillan a estas situaciones indeseadas.

La promoción y divulgación de información sobre derechos sexuales y reproductivos debe despojarse de prejuicios. Las instancias de salud y la sociedad tienen que poner atención a estas señales de alerta que se oponen al desarrollo integral del país. Las niñas y jóvenes son una parte fundamental que estamos ignorando y lanzando a un oscuro abismo que las devorará, con lo que nos envilecemos como nación indiferente al sufrimiento y carencias de los demás.

Esas infancias arrebatadas de la escuela, de los juegos y del futuro nos exigen solidaridad y conciencia. No debemos tolerar que continúen estos casos de madres niñas jugando con sus propios bebés. La injusticia y la indiferencia nos degradan.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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