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Dos mundos
Por Ileana Alamilla- Guatemala, 8 de octubre de 2007

Es difícil imaginar cómo hay gente que enfrenta toda clase de adversidades.

Días de terror vivieron numerosas familias de la colonia El Edén, en la zona 5 de la capital, quienes vieron cómo el agua se llevó hasta sus esperanzas y, en medio del diluvio, hubo casos que develan la heroicidad que brota del amor.

Una mujer, en pocos minutos, alcanzó a sacar a sus cinco hijas y salir ella, antes de que su vivienda se derrumbara ante los ojos de los demás, porque ella sufrió un desmayo provocado por la angustia y el esfuerzo.

Es difícil imaginar, cuando uno tiene sus necesidades resueltas, cómo hay gente que enfrenta toda clase de adversidades: pobrezas, insalubridad, falta de educación y de oportunidades y todavía tiene energías para seguir adelante, ante la indiferencia del Estado.

Los efectos del cambio climático y de toda la alteración atmosférica se cobran también en ellos los daños infligidos por otros y así se continúa la cadena de la injusticia, lo que convierte estos fenómenos naturales en tragedias que causan daños irreparables y promesas que nunca se cumplen. Ejemplos hay muchos; basta recordar la tormenta Stan.

Estos casos nos llaman a varias reflexiones. Los lugares que a todas luces son inhabitables, por riesgosos e inadecuados, son ocupados por quienes necesitan un terreno para vivir y carecen de recursos para fincarse en otro lado.

Estos sitios han sido inscritos en el Registro de la Propiedad, y así se da legitimidad a lo indebido. Sin necesidad de orden judicial o desalojo, la naturaleza se lleva las construcciones, las personas se quedan sin dónde vivir.

Unos aceptan ir a los refugios e iniciar el peregrinaje para encontrar una vivienda con menos riesgos; otros, desilusionados y frustrados, retornan a sus lugares de origen; algunos más se desplazan a otros asentamientos, en donde probablemente la historia se repita.

Todos cargan con su desconsuelo y sus multiplicadas pobrezas a donde quiera que vayan. Los techos seguros son para otros.

Esos otros pueden adquirir modernos complejos habitacionales horizontales o verticales, en lujosos barrios residenciales donde hay que pedir permiso para entrar, previa identificación y registro de la misma; allí, por supuesto, no falta el agua, la seguridad sí es segura y la lluvia no ocasiona ni goteras.

Son zonas reservadas para los pudientes y extranjeros, que albergan la construcción de más de tres mil 786 apartamentos que están en venta, con un precio promedio de US$1 mil 200 el metro cuadrado, que significa aproximadamente un costo de US$650 mil. Entiéndase que la moneda nacional es insuficiente para estimar precios y costos, pero para que tengamos referencia, esto significa Q5 millones.

Para ser candidato a propietario de una de esas lujosas residencias hay que tener un salario de Q50 mil mensuales, por lo que lógicamente solo podrían adquirirla personas privilegiadas.

Mientras estos paraísos están a disposición, el país reporta un déficit habitacional de 1.2 millones de viviendas. Seguramente que este dato no toma en cuenta a quienes viven en laderas y barrancos, pues ellos ya la poseen.

Niños y niñas son las principales víctimas de las precarias condiciones de vida de esas familias desamparadas que hoy deambulan en buscan de un techo seguro y, si tomamos en cuenta que más del 44 por ciento de la población guatemalteca es menor de 15 años, ese círculo perverso de desigualdad seguramente se irá ensanchando en proporción geométrica.

Hay que reconocer que el problema de la vivienda es generalizado, aun en países con otras condiciones de desarrollo, pero es difícil encontrar lugares en donde las personas se desenvuelvan en un mundo infrahumano, como sucede en Guatemala. ¡Otro desafío para el próximo gobierno!

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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