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Detengamos el sida
Por Ileana Alamilla - Guatemala, 3 de diciembre de 2007

La discriminación y la exclusión que sufren los afectados provoca más dolor que la propia enfermedad.

El pasado sábado 1 se conmemoró el Día Mundial del Sida, cuyo lema fue: “Detengamos el SIDA, mantengamos la promesa”, en referencia a los compromisos asumidos por los Estados en la Asamblea General de Naciones Unidas.

Cuando se empezó a conocer esa “extraña enfermedad”, vino acompañada de prejuicios, a partir de los cuales se discriminó y tomó distancia de quienes la adquirían. Se creó la estereotipada idea de que era una enfermedad propia de grupos estigmatizados y que estaba ensañada en poblaciones paupérrimas y en continentes “lejanos”, con débiles sistemas de salud.

La pandemia nos ha sacado del error, ya que ha caminado a pasos agigantados, traspasando fronteras y rompiendo esquemas. Se metió en las casas y afectó a los que no se consideraban “grupos vulnerables”, llegando hasta los niños, y hoy se ha constituido en una escalofriante amenaza que le ha arrebatado la vida a más de dos millones de personas sólo este año; y aunque siete de cada 10 contagiados viven en África subsahariana, se reporta un incremento de casos en Europa Oriental y Asia Central.

En Guatemala, en el primer trimestre de este año, se notificaron 10 mil 282 casos, pero la situación real puede ser más grave, debido a los subregistros.

El Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA) ha señalado que la prevalencia del VIH/SIDA, calculada en el 1.1% entre personas de 15 a 24 años, es la tercera más elevada de Centroamérica.

Según Onusida, alrededor de 60 mil personas en nuestro país son portadoras y desconocen su condición, por lo que el riesgo de contagio aumenta de manera alarmante.

El doctor Mario Aguilar, del UNFPA, recuerda que cuando empezó la pandemia, por cada 12 hombres había una mujer infectada, pero ahora, la cantidad a escala planetaria está cercana a ser uno a una, o sea que la mortal enfermedad tiende, no sólo a crecer, sino a feminizarse.

En este sentido, pareciera irónico que no sean las trabajadoras del sexo las más vulnerables, sino las mujeres casadas o con una pareja estable, por diversas razones, tanto culturales, como las derivadas del machismo y de la dependencia económica, social y psicológica de sus parejas.

Las trabajadoras sexuales están de alguna manera más informadas que muchas amas de casa, dice el especialista, por la sencilla razón de que pueden negociar el empleo del preservativo con sus clientes, mientras que las otras no.

Está claro que, injustamente, las amas de casa asumen un riesgo que no conocen, relativo a la vida sexual de sus parejas, ya que la promiscuidad potencia el riesgo del contagio.

Hay muchas historias conmovedoras, que seguramente conocemos, de mujeres que han sido infectadas durante el embarazo, convirtiendo esa dulce espera en un sufrimiento ininterrumpido previo al desenlace. Otras han dejado en la orfandad a sus hijos, y muchas más están luchando con valentía para vencer a ese temible enemigo.

Afortunadamente, en varios estratos sociales ya se pueden abordar sin rubor estos temas. Entidades nacionales e internacionales están involucradas en su tratamiento, a través de programas de información y educación sobre las formas de prevención, factor clave para frenar el avance de la enfermedad y la reducción de sus efectos.

El Estado tiene un rol fundamental, a través de la educación, pero también en la asignación de fondos para los tratamientos adecuados y oportunos.

Aunque somos una sociedad conservadora y prejuiciosa, los derechos humanos y la solidaridad deben ser las brújulas que nos marquen el camino en esta problemática. La discriminación y la exclusión que sufren los afectados provoca más dolor que la propia enfermedad. ¡Nadie está libre del riesgo!

Fuente: www.prensalibre.com.gt


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