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El Congreso, en bancarrota
Por Ileana Alamilla - Guatemala, 11 de junio de 2008

Está visto que nunca se sabe qué tan profundo puede caer el deshonor de alguien o de alguna institución. El pozo del desprestigio parece no tener fondo, siempre hay algo peor que puede pasar. Estas reflexiones vienen al caso debido a lo que está sucediendo actualmente en el Congreso de la República.

Todos sabemos que, en el lenguaje popular, la palabra diputado (a) es un insulto, y que hablar del Congreso es referirnos a un recinto sin honra alguna.

Por todo ello, el affaire Meyer no es extraño a este descrédito existente, aunque sin duda lo agrava seria y peligrosamente, porque se trata, ni más ni menos, que del presidente de este alto organismo del Estado. Lo sucedido demuestra que ni siquiera la aureola académica de un ex rector de la Usac protege de este deshonor.

¿Quién le va a creer a Meyer su supuesta ingenuidad y buena fe ante sus subordinados, como para poder ser víctima inocente de tan descarada malignidad? ¿Quién no va a pensar que aquellos correligionarios suyos que lo adversaban no estarán ahora saltando en un pie, felices y aprovechados de la leña del árbol caído? ¿Quién no se dará cuenta de la alegría que reina en las bancadas opositoras, que se regocijan de pensar en el descrédito del Gobierno y del partido oficial ante lo ocurrido?

Está claro que sus oponentes políticos, dentro del mismo partido, han estado prestos y presurosos para hacerlo picadillo, con el vano propósito de lograr que no salpique a sus correligionarios. Asimismo, sus “adversarios” de otros partidos se congratulan de la caída de quien hasta hace poco fuera uno de los políticos oficiales más influyentes del país. Los patriotas han dicho que se vestirán de lona y sin corbata hasta que asistan a su funeral político.

Sin embargo, el resultado es negativo para todos: oficialistas, opositores, simpatizantes, adversarios, detractores o ciudadanos indiferentes, y quien paga los costos más altos es el sistema democrático, que sigue basado en la piedra angular del sistema de partidos políticos. En la mente de la población crece la deslegitimación de la política, ratificando el prejuicio de que es una actividad indecente, propia de vividores.

Por eso, se esperaría de los políticos una reacción madura y profundamente autocrítica, no solo en el discurso, sino que, fundamentalmente, en el propósito de enmienda, que es la divisa del arrepentimiento. Los partidos tienen que entender su débil techo de vidrio, una de cuyas manifestaciones es la forma en que se adjudican muchas de las casillas parlamentarias durante los procesos electorales, donde prevalece la capacidad clientelar del posible designado y/o los recursos financieros que puede aportar, sean de su peculio, de las deudas que contraiga o de un generoso mecenas, quien puede ser un exitoso empresario o un influyente narcotraficante.

Sin embargo, en medio de esta debacle, en el futuro cercano hay oportunidades para comenzar en serio a pavimentar el camino que les permita transitar hacia su reivindicación, y esto incluye la reforma a la Ley Electoral y de Partidos Políticos y la promulgación de la ley de acceso a la información. Que admitan los partidos y sus diputados que estas normativas legitimarían su función intermediadora y viabilizarían la transparencia. Tienen ahí dos puertas para iniciar una nueva ruta. Hay que terminar con el ejercicio inescrupuloso del Poder Legislativo.

Fuente: www.prensalibre,com,gt


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