Alternativas ante la crisis
Por Ileana Alamilla - Guatemala, 18 de junio de 2008
Como sociedad, tenemos enormes desafíos. El mayor es no perder la esperanza, pero no la que le vendieron a las mayorías para que la nueva clase política llegara a puestos de decisión y de nuevo hiciera chinche con nuestros recursos, sino la verdadera esperanza, la que nos va a permitir salir del atolladero en que nos encontramos, la que nos debe inspirar para trabajar juntos en contra de tanta adversidad, aquella indispensable para abanderar la lucha por la recuperación de valores y principios, la luz que nos podrá guiar hacia un rumbo correcto para salir de la crisis en la que hemos estado instalados.
Estudios pasados y recientes, de especialistas en psicología y psiquiatría social, han revelado que los y las guatemaltecas estamos enfermos de ansiedad, vivimos con temor, incertidumbre, zozobra y hasta con algún grado de paranoia, en contraste con otras poblaciones, que están alegres y celebran la vida.
Cómo no vamos a estar en esa condición, con tanta injusticia, ceguera política, ambición y violencia, si proliferan a diario los cadáveres de hombres tirados a orillas de carreteras o en barrancos, si jóvenes mujeres son halladas con balazos en la cabeza, si 272 han sido asesinadas en lo que va del año, y muchas parejas son frecuentemente ultimadas.
Nuestro más preciado bien, la seguridad y la vida, constantemente están en peligro. Las noticias sobre el incremento de secuestros y de hechos de violencia son lo cotidiano, y ocurren indiscriminadamente. Solo en junio, 28 crímenes fueron reportados en Jalapa, numerosos niños han resultado víctimas de atentados, y son varios los reportes de masacres cometidas contra familias o grupos de personas. Vivimos en permanente incertidumbre, en el ambiente público y en el privado.
Este escenario violento se ha visto incrementado con la presencia del crimen organizado y la narcoactividad, que, por su naturaleza, producen más inseguridad y graves riesgos en los diferentes lugares en los que cometen sus ilícitos.
Y a esto, que es lo fundamental, tenemos que adicionar otra serie de problemas muy graves, como el grado de desnutrición infantil que padece, aproximadamente, la mitad de nuestra niñez, que la condena a la muerte o a una vida sin oportunidades; la pobreza extrema y el empobrecimiento de la clase media y las dificultades para estirar los precarios ingresos que cada día disminuyen, por el aumento del precio del trasporte, de los granos básicos y de la canasta mínima.
Si en adición a lo mencionado colocamos los indicadores de trabajo infantil, “líder” en Centroamérica; el aumento de menores en conflicto con la ley, la incorporación de jóvenes en las maras, que les garantizan el acceso a dinero fácil; y el drama de familias desintegradas por la violencia o la migración, el resultado de todo esto es la zozobra, en variedad de grados, según sea el estrato social o la vulnerabilidad de cada uno.
No puede ser más lúgubre la escena, y de ese tamaño tiene que ser la solución, que creemos pasa por el compromiso colectivo de ser más críticos, pero también propositivos y, sobre todo, conscientes de que la apatía, la indiferencia y la pasividad son las mejores aliadas de la continuidad del sistema perverso que nos agobia. La organización social, la participación y fiscalización ciudadanas son algunas de las opciones para mantener vigentes nuestras utopías.
Fuente: www.prensalibre,com,gt
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