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Jornada rutinaria
Por Isabel Aguilar Umaña - Guatemala, 10 de mayo de 2007

Exigir que nos valoren por lo que somos: seres humanos.

Describir la jornada rutinaria de una mujer trabajadora puede resultar un ejercicio tanto extenuante como inútil. Igual de cansado como puede ser para quien la vive de manera cotidiana, un día tras otro. Bástenos indicar que a veces esta rutina suele iniciar de madrugada, hacia las 5:00, hasta concluir a eso de las 9:00 o 10:00 de la noche. Pocos minutos para descansar, escasos momentos para redimirse a sí misma ante una puesta de sol o un cielo serenamente estrellado. ¿Dónde el ocio creativo, o el simple derecho a no hacer nada? ¿Cómo lograrlo, si nos empecinamos –o nos empecinan– en realizar, incluso, dos o tres tareas a la vez?

A menudo, esta intensidad de vida puede acaparar el reconocimiento del gran público. Afanosos, los anuncios destacan a mujeres que se esfuerzan en la cocina o realizan otras tareas domésticas y, además, se les muestra físicamente impecables, como figurillas de cera distanciadas de los vientres abultados, las arrugas o la baja estatura. Y es que, en general, damos “hurras” a las madres abnegadas, de manera que las expresiones del tipo “¡qué buena gente!”, “¡qué hacendosa!” o “¡es re buena mamá!”, están a la orden del día.

Se trata, en todo caso, de un reconocimiento a quien se desvive por los demás, a quien se entrega con docilidad y está siempre dispuesta a hacer que los otros vivan en un entorno agradable, limpio, con la mesa puesta y la cama servida. No es, como muchas hemos padecido, un reconocimiento a la capacidad intelectual, a la eficiencia en la toma de decisiones, al buen manejo profesional. Cuando todo esto se logra es, generalmente, como producto de una tarea titánica: precisamente, asumir dos, tres o más tareas en los ambientes laborales, demostrando siempre, evidenciando, arrojando resultados tan visibles que ya resulta imposible ocultarlos con un solo dedo.

La madrecita abnegada está en el ideal social. Este se traslada, de una u otra forma, de los ambientes domésticos a los espacios laborales. Ambos configuran dos clases de trabajo con diferentes tipos de reconocimiento. En ambos, sin embargo, seguimos siendo explotadas.

Y es que la otra cara de la moneda es la consideración de que aquella mujer que intenta vivir para sí es una mujer frívola, haragana, superficial o egoísta. En lo privado, transitar por el camino de la equidad suele ser sinónimo de resistencias que en más de una ocasión acumulan sinsabores que, finalmente, terminan en frustración o ruptura.

En lo público, los patrones patriarcales conducen o se derraman en diversas maneras de discriminar a las mujeres. Todas ellas tienen el común denominador de ocasionar sufrimiento. Los ejemplos abundan: menores salarios por igual trabajo, más carga laboral que cumplir, la consideración de que hay puestos que las mujeres no podemos desempeñar, acoso sexual, rechazo a la mujer embarazada y otros. Diferentes informes y estadísticas dan cuenta de ello.

No obstante, existen realidades que trascienden lo numérico, van más allá de las cifras y las circunstancias tipificadas como discriminatorias. Hay sutilezas. Por ejemplo, de la mano de la inferiorización el trabajo de muchas mujeres suele ser desestimado o minusvalorado. Sus opiniones pueden arrumbarse tras pilas de papeles, bajo la idea de que son poco válidas, “flojas” o están mal encaminadas. Un hombre es profesional y punto. Generalmente, no tiene mayor cosa que demostrar.

Una mujer debe “arrecharse”, “apechugar”, quemar sus naves y llevar su trabajo a los niveles casi de la excelencia, en aras de ser considerada, invitada a aquellos cenáculos en donde se toman decisiones y se fabrican directrices.

Si una mujer evidencia sus emociones, se da el lujo de sentir y mostrar lo que siente, resulta que es débil y, en el peor de los casos, se convierte en una suerte de histérica sin control. A ella, de plano, las circunstancias del corazón o del hígado la trascienden. Si los hombres hacen lo mismo, entonces son seres humanos con acendrada sensibilidad.

Y si por algún motivo escondemos lo que sentimos, hincamos el diente y somos “competitivas”, nos convertimos en una suerte de “Dama de hierro”, “zorra” o “cabrona”. Léase, amargada, frustrada, ahuyentadora de parejas y sabe Dios cuántas diatribas más.

Así las cosas, a menudo nos resulta indispensable emprender un camino de autovaloración. Uno que nos lleve a una identidad propia más serena y equilibrada, con posibilidades intrínsecas de asumirnos en plenitud, tal como somos, sin afanes perversos que disloquen nuestra personalidad. Sin el deseo perplejo de colocarnos, siempre, un sinfín de máscaras que desdibujan nuestra interioridad y nos hacen oscilar entre extremos radicales, distanciados entre sí. Queda, luego, la posibilidad de proyectarnos y exigir que nos valoren simplemente como lo que somos: seres humanos.

Algunas asumimos, con plenitud, la vida que nos cobija y que vislumbramos hacia el futuro. En ello radican las eternas posibilidades que, día a día, seguimos empeñándonos en construir.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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