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25 años sin Alaíde
por Ingrid Roldán Martínez - Guatemala, 22 de mayo de 2005

En diciembre de 1980 desapareció la escritora y nunca más se supo de ella.

Hacía frío el 19 de diciembre de 1980. El día anterior el clima había estado a nueve grados centígrados, según el reporte del Insivumeh, y prevían que ese día llegaría a siete. El lunes 22 de diciembre, el titular del diario El Gráfico daba la noticia del desaparecimiento de la escritora Alaíde Foppa y su chofer, Leocadio Axtún, ocurrido el viernes anterior, el 19 de diciembre.

Según el reporte de prensa, ambos habían sido interceptados “a eso de las 11.30” en una calle de la zona 10. Nunca más se supo de ellos. De eso hace 25 años.

Intelectuales de México, Estados Unidos y Francia pidieron que aparecieran con vida. No hubo respuesta. Eran tiempos de Lucas García y Donaldo Álvarez Ruiz.
El martes 23 de diciembre, en la página 3, el mismo diario publicó una nota donde el Gobierno condenaba el secuestro de la escritora y “manifiesta su preocupación” por este hecho. Atribuyó el secuestro a “grupos extremistas que operan en la clandestinidad”.

En los días posteriores los periódicos siguieron publicando información relacionada con el caso hasta que otras noticias ocuparon la primera plana.

Hondas raíces en Guatemala

“Yo conocí a Alaíde en la Facultad de Humanidades más o menos en el año 54, 55”, cuenta Luz Méndez de la Vega. La describe como una mujer morena, delgada, de gran belleza, con un porte elegante que también se reflejaba en el suave movimiento de sus manos, muy alegre, siempre tenía una sonrisa. “Alaíde además se vestía con mucha discreción, con vestidos finos”, agrega la escritora, quien durante muchos años, cada diciembre, organizaba alguna conferencia o recital para recordar a su amiga.

María Alaíde Foppa Falla había nacido en 1914 en Barcelona, ciudad a la que sus padres viajaron poco tiempo después de casarse en Guatemala. Vivieron allí hasta que decidieron viajar a Argentina, país en el que el señor Foppa, nacido en Italia, se había nacionalizado.

Después, la familia se trasladó a Italia, donde la pequeña Alaíde estudió. Hizo la escuela secundaria en Florencia. Estudió el bachillerato en un internado en Bélgica y después de vuelta a Italia, donde terminó los estudios universitarios. Escribió sus primeros poemas en italiano. Su primer libro, “Poesías”, fue publicado en España.

A mediados de la década de los años 40 vino a Guatemala. Aquí tuvo su encuentro con la realidad latinoamericana, según lo dijo en una entrevista con Carmen Lugo (que se publicó en el Excélsior de México, en 1981, después de su desaparición).

“Llegué en vísperas de la Revolución democrática de 1944; viví en pocos meses ese estado de angustia y opresión que ahora se ha renovado y está cada vez peor. Fue la primera vez que sentí a la gente, el miedo, la angustia, la enorme injusticia social, la pobreza, la explotación del indio. Para mí fue impactante. Comprendí que de alguna manera yo tenía que participar en todo aquello”.

Estaba en Guatemala el 20 de octubre de 1944. Fue aquí donde conoció a Alfonso Solórzano, con quien se casó en México. Allá nació su primer hijo. Después, Solórzano fue designado cónsul en Francia, donde nacieron dos de sus hijos. Tiempo después volvieron a Guatemala. Solórzano trabajó en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social en los gobiernos de Jacobo Árbenz y Juan José Arévalo. Aquí nacieron sus últimos dos hijos.

El exilio

Al terminar la época revolucionaria, los Solórzano Foppa se exiliaron en México, donde residirían durante décadas. Alaíde venía frecuentemente a Guatemala y durante un tiempo vivió aquí.

“En casa se hacían reuniones de lo que fue la intelectualidad guatemalteca en el exilio y parte de la intelectualidad mexicana de esa época, un privilegio para nosotros”, cuenta Silvia Solórzano Foppa, hija de la escritora. Con frecuencia los visitaban escritores como Miguel Ángel Asturias, Mario Monteforte Toledo (que solía pasar la Navidad con ellos), Luis Cardoza y Aragón, Carlos Illescas, Otto Raúl González.

En México, Alaíde desarrollo una intensa actividad. Impartía clases en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Era crítica de arte, y desde esta posición apoyó y promovió a muchos artistas jóvenes. “Las paredes de mi casa tenían cuadros, pero no cualquier cuadro. Todo el ambiente familiar era de un gusto muy especial, con un nivel de cultura que ella intentaba que heredáramos”.

En 1975 fundó la revista FEM, primera publicación feminista en México que se sigue editando. Condujo el Foro de la Mujer en Radio Universidad y asistía a reuniones de las organizaciones de defensa de derechos humanos, como la Agrupación Internacional de Mujeres contra la Represión.

En la década de los 70, tres de sus hijos se involucraron en la guerrilla guatemalteca. En 1980 fallece Juan Pablo, el menor de ellos, y pocas semanas después, su esposo de muerte natural. Gilda Salinas, en el libro Alaíde Foppa /el eco de tu nombre, cuenta cómo el dolor de la muerte de sus seres queridos cambió a la poeta: “La tristeza se convirtió en rabia, rabia en cada una de sus células, en las neuronas, en los dedos que empuñaron la máquina de escribir, en las cuerdas bucales”.

Sus textos y sus programas de radio se volvieron más agresivos contra la situación en Guatemala. Se reunió en Nicaragua con los jefes guerrilleros. “Yo estoy convencida de que fue como la maduración de un proceso, de su vinculación a movimientos sociales que empezaron con las mujeres, y a partir de allí, también con los hijos”, afirma Solórzano Foppa.

Es probable que la última vez que Alaíde vino a Guatemala supiera que su vida peligraba. La noticia de su desaparición corrió rápidamente. Luz Méndez de la Vega se enteró por doña Julia Falla, la mamá de Alaíde. Nada pudieron hacer.

En 1999, Julio Solórzano Foppa, hijo mayor de la escritora, fue uno de los iniciadores, junto a la Fundación Rigoberto Menchú, del proceso que se sigue en España contra Donaldo Álvarez Ruiz y otros funcionarios por los delitos de tortura, genocidio y terrorismo de Estado. El caso de Alaíde Foppa se menciona en el tomo 3, capítulo tercero, de Rehmi.

“No se vale el olvido”

Entrevista con la hija de Alaíde Foppa

Silvia Solórzano Foppa estaba en un campamento guerrillero en Quiché cuando escuchó en un noticiero por radio que su madre había sido secuestrada. Nunca más supieron de ella. Este recuerdo hace que sus ojos se llenen de lágrimas una vez más.

¿Cuál fue su reacción al recibir la noticia en la radio?

Una gran angustia, un gran dolor. Además lo que significaba un desaparecido en ese periodo. Yo estaba en Quiché y la represión a esas alturas era cotidiana en las aldeas. Nunca me hice la expectativa de que iba a aparecer. Lo asumí muy pronto. Creo que eso me ayudó mucho.

¿La confirmación de que había muerto cuándo llegó?

Nunca. Aparece en todos los casos como desaparecida porque su cadáver nunca apareció. Eso es lo terrible de esta figura del secuestrado, del desaparecido. Me deshace el corazón cuando veo gente que tiene, todavía hoy, en 2005, la esperanza de que su hijo vive. Tienen una esperanza basada en quién sabe qué.

¿Ahora que han pasado 25 años cómo ve el sacrificio de su madre?

Siempre lo he visto como parte de todo lo que pasó en Guatemala, no lo veo aislado. Estoy convencida de que fue una lucha necesaria, justa, que dio algún logro, no lo que soñábamos, en medio de esa coyuntura del movimiento mundial. En Guatemala fue mucho más brutal que en cualquier otro país, de plano no era eso lo que buscábamos, no era esa reacción ni esos costos.

¿Cuando estaban viviendo en México se sentían mexicanos o exiliados guatemaltecos?

Nos movíamos en los dos mundos, porque en efecto el mundo del exilio guatemalteco era un poco el mundo de los amigos. Mi padre tuvo siempre una añoranza por volver a Guatemala. Mi madre siempre dijo que el exiliado era mi padre. Nosotros siempre vinimos a Guatemala en vacaciones de diciembre y enero. Manteníamos el vínculo, pero al mismo tiempo como jóvenes, como niños nos formamos en México.

Fuente:www.prensalibre.com.gt


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