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Códigos indígenas y comunicación social
por Irmaalicia Velásquez Nimatuj - 4 de julio de 2004

El 1 de julio de 1984, entrada la noche, la noticia llegó a través de la radio y la televisión: Mauricio Quixtán, contra los pronósticos, había ganado una de las tres curules por el departamento de Quetzaltenango y sería uno de los responsables de trabajar en la Constitución Política de la República. La emoción embargó a la mayoría de los hogares k’iche’s de la ciudad de Quetzaltenango y se entrelazó con la que surgía de los municipios mames de ese departamento que apoyaron su candidatura.

El triunfo era importante por tres razones: primero, porque las poblaciones indígenas enfrentaban la política estatal de terror y aniquilamiento. Y aunque las comunidades rurales eran el objetivo principal, la ciudad de Quetzaltenango vivía una represión selectiva que cobraba la vida de intelectuales k’iche’s y ladinos que desafiaban el Plan Nacional de Seguridad y Desarrollo. La presencia de un promotor social, que conocía el desangramiento de su pueblo se interpretaba como una voz que podía, con limitaciones, denunciar e influir en la redacción de la Constitución. Segundo, porque durante 40 años los k’iche’s de ese departamento no habían llevado a otro indígena al Congreso. Y tercero, en medio de un conflicto armado, los indígenas utilizaban los pocos espacios legales para tratar de transformar las desigualdades.

A su paso por el Congreso, Mauricio Quixtán enfrentó burlas, chistes y comentarios racistas que emitían, en público y en privado, la mayoría de los miembros de las otras bancadas. Se mofaban de que vistiera el traje regional del municipio de Almolonga, ridiculizaban el acento de su castellano y que, con grabadora en mano, entrara en el Congreso escuchando música de marimba. A él, estos actos racistas lo empoderaron para denunciar la discriminación racial y económica que enfrentaban los indígenas. Aunque trabajó con ahínco y dignidad, no logró que el racismo fuera asumido como una violación, eso era pedir demasiado en esa época de terror y oscurantismo.

En la actualidad, el escenario político es otro, pero la exclusión racial que los indígenas enfrentan ha cambiado poco. Y a pesar de que el silencio se ha ido rompiendo, el avance es lento por una sencilla razón: no se comprende que la responsabilidad de superar esta opresión es de todos los pueblos, sectores e instituciones que comparten el país y no es tarea exclusiva de los indígenas.
En medio de esta batalla, los medios de comunicación deben desempeñar una responsabilidad social que implica aprender a manejar los códigos de los pueblos indígenas para proyectar la complejidad de la realidad, que es diversa pero donde los mayas poseen las mismas capacidades y derechos. Que si bien hablan idiomas distintos, no es impedimento para debatir sobre economía o política; o, si visten diferente, esto no debe obstaculizar el derecho a entrar en una discoteca o en cualquier restaurante.

La prensa guatemalteca debe empezar a analizar de forma crítica el papel que ha jugado en la creación y el fortalecimiento de los imaginarios racistas que prevalecen en el país. En la creación y popularización de términos peyorativos, paternalistas y folcloristas que son racistas, ofenden y victimizan a casi ocho millones de indígenas. En la postura sofisticada de minimizar la vida y los desafíos indígenas. Debe empezar a reconocer que en sus páginas o programas se han naturalizado los prejuicios y los estereotipos raciales.

No es la diferencia de pueblos lo peligroso en un territorio, lo riesgoso es cómo la diferencia se ha utilizado en estos poderosos canales de comunicación para convertirla en peligrosa. En cómo desde la prensa se ha creado el miedo a las luchas indígenas sin conocerlas a fondo, porque en sus departamentos de Redacción no trabajan periodistas indígenas o a los pocos que laboran no se les consulta, no se les escucha o han sido cooptados. Y porque casi nunca convocan a algunos representantes indígenas para compartir la utilización de conceptos que impactan en los imaginarios raciales del país.

No otorgo la responsabilidad de la exclusión racial a la prensa: esta opresión es responsabilidad fundamental del Estado, pero también de instituciones clave, como la prensa. Y aunque se han dado cambios en el manejo y en la construcción de la información, es necesario que la prensa asuma que tiene un trabajo clave en la creación de un país equitativo; por lo tanto, debe manejar con conocimiento y respeto los códigos indígenas.

De igual forma, el empoderamiento de los indígenas es fundamental para participar y demandar que el Estado y las instituciones practiquen la igualdad social tomando en cuenta los códigos indígenas. Una participación indígena responsable y honesta hará que la historia no siga borrando el trabajo de quienes nos antecedieron y que las diferentes exclusiones que vivimos no las tengan que enfrentar nuestros nietos. Por eso, estoy segura de que si don Mauricio viviera, él levantaría su voz, en k’iche’ y en castellano, como lo hizo durante su vida, pidiendo que se procese a los propietarios del hotel Conquistador Ramada, quienes negaron el ingreso en la discoteca de ese hotel a cuatro señoritas mayas por vestir su indumentaria regional, una de ellas su nieta, Vivian Chojoj Quixtán, el pasado 11 de junio. Este es otro acto de racismo que ejemplifica la exclusión colectiva que viven los mayas en Guatemala.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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