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Sau Ha
Por Irmaalicia Velásquez Nimatuj - Guatemala, 4 de septiembre de 2004

Dos fechas próximas están unidas entre sí, porque demuestran por un lado, la resistencia colectiva de más de un millón de mayas y por el otro, la convicción de una antropóloga por entender y comprometerse con la época que le tocó vivir. El próximo 7 de septiembre se cumplen 14 años que a través de un comunicado –que circuló a nivel nacional e internacional– las Comunidades de Población en Resistencia (CPR), hicieran pública su existencia y denunciaran la persecución del Ejército –desde los inicios de la década de 1980– con bombardeos aéreos y terrestres. Las CPR se definían como población civil, demandaban el cese de los ataques, y que se respetaran sus derechos y libertades fundamentales.

La publicación del documento fue una bomba para el Estado y para uno de sus instrumentos, el Ejército, porque desde instancias oficiales y públicas negaban la existencia de las CPR, que eran sobrevivientes de la política de “tierra arrasada”, y que resistían a través de elementales formas de organización y de solidaridad que les permitieron no morirse de hambre en las montañas y selvas de las Verapaces, Huehuetenango, El Quiché y El Petén.

Dada la ignorancia del Ejército, inmediatamente responsabilizó a Mirna de la elaboración del documento. Sus esquemas racistas le impedían aceptar que los mayas que sobrevivían en la selva desnutridos, enfermos y casi desnudos podían ser los autores. Por eso buscaron a un responsable, la ubicaron y la asesinaron. Para el Ejército fue una deducción fácil, puesto que tenía “fichado” al equipo de investigación que ella dirigía, en las regiones de guerra, recabando información sobre desplazados. Si bien Mirna tenía datos de primera mano sobre estos colectivos indígenas, también es cierto que estos grupos tenían experiencia de organización que antecedía al conflicto armado, organización que tomó nuevas formas durante el arrasamiento del Ejército y que se fue modificando en su deambular por las selvas.

A las 90 horas de haber sido publicado el comunicado cayó asesinada en la capital Mirna Mack. Veintisiete puñaladas segaron el compromiso social, político y académico de una antropóloga que se atrevió a demostrar que en tiempos de guerra se debe realizar trabajo etnográfico, porque es una de las pocas formas de entender los conflictos desde adentro.

El Ejército, ante su incapacidad de salir de la red de injusticias irresolubles de las que está llena su historia, se ensañó en contra de Mirna. Por eso causa dolor, pero al mismo tiempo inspira leer las investigaciones que ella dejó, porque se evidencia su convencimiento de que el trabajo académico no es opuesto al compromiso político que se asume con las comunidades con las que se trabaja y se acompaña.

Formada en las universidades de Manchester y Durham en Inglaterra, al volver a su país notó que la etnografía estaba paralizada por la represión estatal y que, además, había que romper con la etnografía descriptiva del modelo culturalista. Para ella, en momentos trágicos, la antropología debía registrar las violaciones que enfrentaban millones de mayas y demostrar las variadas formas de resistencia que emergían desde abajo, desde los mayas, los analfabetos, los que huían y los que se aferraban a la vida en espacios en donde nadie los oía ni los veía.

Mirna obtuvo “relatos de la muerte” de cómo en las montañas de Quiché los desplazados que se negaban a vivir en las “aldeas modelos” eran perseguidos y cazados como animales, sin importar si eran ancianos, mujeres o niños. Luego, sus cuerpos eran exhibidos como trofeos por los militares para aterrorizar a los sobrevivientes que estaban prisioneros en esos campos de concentración.

He tenido acceso a fragmentos de las notas de campo de Mirna y los que he leído son valiosos y desafiantes. Sus cuestionamientos, sus sueños inconclusos, me golpean porque soy una mujer maya que busca en la antropología social un camino para acompañar a mis hermanos en temas sensibles. Por eso, después de haber pasado la última hoja de uno de los informes que ella escribió me ha quedado un nudo en la garganta, pero también una satisfacción de que su trabajo académico ha dado frutos y es parte de la vida cotidiana de los mayas que sobrevivieron el más reciente genocidio ejecutado por el Estado. Su presencia en foros internacionales a finales de los 80 para plantear la situación de los desplazados fue clave; el aporte de la categoría de “desplazado interno”, no sólo enriqueció a las ciencias sociales, sino le dio rostro a la persecución que vivió más de un millón de seres humanos, y sus informes fueron útiles en el Acuerdo para el Reasentamiento de las Poblaciones Desarraigadas por el Enfrentamiento Armado, firmado en 1994.

Mirna es de esos ejemplos que las ciencias y la humanidad necesitan, tan pocos, y por lo mismo indispensables, en un mundo atrapado en sus miserias materiales. En Guatemala, su nombre se conoce porque se demostró que el responsable del crimen fue el Estado Mayor Presidencial y porque se evidenciaron los tentáculos de criminalidad e impunidad de las instituciones estatales.

Pero hace falta que los centros de investigación y las universidades promuevan sus aportes. Para muchos mayas, las CPR y Mirna son inseparables, por eso, este próximo 11 de septiembre desde las montañas “indias” saldrán guardabarrancos que traerán en sus picos flores silvestres que depositarán sobre la lápida de Sau Ha Mack Chang y en sus cantos pedirán a Ajaw que el Tierno amanecer se multiplique y se eternice.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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