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Dignidad
Por Irmaalicia Velásquez Nimatuj - Guatemala, 10 de octubre de 2004

Dentro de los actos más infelices y racistas a los que se ha sometido a los indígenas, está el de celebrar en las escuelas la llegada, al continente americano, de Cristóbal Colón. En Guatemala, los cuestionamientos de las comunidades indígenas lograron sustituir esa humillante celebración del “Día de la Raza” por el Día de la Dignidad y Resistencia Indígena y Campesina.

Y cómo quisiéramos los mayas tener un movimiento unido, solidario y capaz de construir alianzas en condiciones de igualdad con otros pueblos para lograr transformaciones que impacten en las mayorías, indígenas y no indígenas, que viven en paupérrimas condiciones. Pero no es así, la colonización nos ha golpeado de diferente manera y esto ha tenido un costo. Por un lado, la pobreza extrema y por el otro, intereses mezquinos hacen que algunos hermanos negocien las demandas colectivas para beneficio personal y terminen al servicio del poder, sin importarles que los coloquen al final o que terminen recogiendo migajas.

Sí, ahora el 12 de octubre es el Día de la Dignidad, esta fecha debe invitarnos a reflexionar, a los mayas, que nuestra supervivencia ha sido a costa de la desaparición de miles de poblaciones indígenas, que resistieron hasta el final. Por eso, la responsabilidad es tratar, por los medios posibles, de construir un movimiento maya unido, independiente y consciente de la tarea histórica que tiene. En la era del neoliberalismo sólo la unidad y la conciencia histórica nos permitirán enfrentar ese sistema. Unidos dejaremos de ser dos millones de votos o de brazos para las fincas.

Esto implica demandar líderes mayas responsables, hombres y mujeres, capaces de interpretar las necesidades de las bases; que tengan la sensibilidad de “escuchar a su tiempo” y de “sintonizarse con él”; que no dejen de indignarse ante los atropellos que se cometen en contra de su pueblo; que así como sus voces se alzan, también sus manos trabajen para que los hijos de los mayas analfabetos logren tener un lugar en la universidad; que no sólo demanden justicia sino preparación y que no negocien la libertad colectiva por la individual.

Otra parte de la lucha es negar la formación de caudillos, mesías o perpetuadores de espacios. Eso es inherente al liberalismo y al marxismo ortodoxo, pero no a los Pueblos Indígenas. Debe prevalecer sabiamente el compromiso de transmitir y formar nuevos cuadros y liderazgos, en todas las disciplinas y áreas geográficas. Una responsabilidad mayor a los mayas que llegaron a la universidad, los privilegios relativos, demandan aportar un poco más a las comunidades.

Yo nací y crecí en una comunidad k’ichee’, integrada por rebeldes y talentosos hombres. Ellos me han nutrido políticamente. Pero también de mujeres que desafiaron su época. De ellas heredé fuerza, coraje y disciplina. En ambos sectores encontré ejemplos. A ese colectivo de líderes que me formó con paciencia, dedico este artículo en el Día de la Dignidad. Para los que siguen caminando con la frente en alto y para los que se han convertido en estrellas y alumbran el camino y las luchas de los mayas actuales.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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