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Transgredir el silencio íntimo
Por Irmaalicia Velásquez Nimatuj - Guatemala, 5 de diciembre de 2004

La cifra es indignante y aterradora, 450 mujeres de diversos estratos sociales asesinadas en 11 meses (elPeriódico 24/11/04).

Otra etapa de terror y violencia se ha instalado en la vida privada y pública de las mujeres. En otros países un solo crimen habría provocado la respuesta inmediata del Estado.

Aquí el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial los han esquivado con discursos y actos de incapacidad. ¿A quiénes beneficia la impunidad?

Medios de comunicación, organizaciones sociales y organismos internacionales han señalado, a través de casos específicos, las diversas causas. Pero existe una que se oculta porque emana y se mama en el hogar: la reproducción del dominio masculino, que es un sistema que delinea qué derechos y qué obligaciones corresponden a las mujeres en el espacio íntimo. Estos marcos masculinos son reforzados por la Iglesia, el Derecho, la Prensa, la Escuela, entre otros. Este dominio privado permite abusos y delitos contra esposas e hijas, incluso alcanza a padres y suegros. Un círculo casi imposible de romper porque las mujeres no aceptan que el enemigo está en la cama y en la mesa. El agresor, públicamente se viste de cordero, pero íntimamente es una venenosa serpiente. En la mayoría de los casos, el círculo sólo se rompe cuando el desenlace es una tragedia.

Mientras leo el suplicio de las madres por lograr justicia, soy testigo de cómo una amiga, sigue siendo ultrajada emocional y físicamente por el esposo, al que llamaré Edy. Un protestante de 37 años, que la golpea desde hace 18 años –cuando la hizo abortar a patadas–; no trabaja, vive del negocio de la suegra –una anciana de 68 años–. Edy instaló a la amante actual en otra casa de su suegra.

Las pocas veces que ella ha querido dejarlo, él recurre a su madre, que lo protege como si fuera un niño, y a los pastores de su iglesia, quienes bajo argumentos de que “nadie es perfecto; que la familia es sagrada; es el cobijo de los hijos y que ninguna falta justifica su destrucción”, la convencen de que Edy está redimido, porque llorando, jura cumplir una –vieja y amarillenta– lista de promesas.

El domingo pasado, luego de meses de amenazar con golpear a su suegro, Edy cumplió; frente a la esposa y nietos, agredió verbal y físicamente al anciano de 73 años, hasta dejarlo tirado. Ni su esposa, ni sus hijos y menos la suegra piden justicia, al contrario, lo encubren ante la indignación de los otros hijos que lo han denunciado. Edy pide que no lo procesen porque sus hijos quedarán desamparados. Su historial de violencia en el hogar y en las calles es largo, pero él se campea orgulloso, la justicia aún no lo alcanza.

¿Cómo acabar con los miles de Edy que se amparan en el dominio masculino que le otorgan instituciones como la Iglesia y la familia para golpear, ser infieles, controlar, hacer callar y asesinar emocionalmente a esposas e hijos? ¿Cómo castigar el control psicológico, las extorsiones económicas y los golpes a ancianos en manos de hijos y yernos? La mayoría de mujeres no podemos seguir siendo hipócritas y comparsas, no podemos salir a la calle, con el traje de víctimas, a exigir justicia si no empezamos por parar y denunciar la violencia que encubrimos en nuestros espacios privados. El desafío inmediato: despertar la conciencia paralizada para transgredir el silencio íntimo.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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