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Piel y conciencia
Por Irmalicia Velásquez Nimatuj - Guatemala, 15 de octubre de 2007

Me quedo con el “Che” soñador, con su foto.

Durante mis años de estudiante en la Universidad de San Carlos la imagen del Che Guevara iba y venía. Se usaba en los mítines y su frase “hasta la victoria siempre” era repetida por los oradores. Era el máximo ícono revolucionario, pero quiero asumir que en esa época no se podían leer sus escritos.

Igualmente, cuando viajé a Cuba encontré poco material crítico sobre él, a pesar del tributo público a su figura desde el aeropuerto hasta la plaza principal.

Por eso, en mis visitas al Distrito Federal disfruté perderme en las calles de las librerías de usados. Allí pasé horas entre humedad y olor a viejo revisando montañas de publicaciones sobre este argentino, cuya piel y conciencia fueron definidas por las miserias de Abya Yala.

A través de lo leído empecé a respetar su opción de vivir con los pueblos, comunidades y familias porque permite conocer la complejidad de las desiguales. Leí sobre las frustraciones de la lucha, los límites del compromiso y las contradicciones que arrastran las figuras políticas. Al Che se le ha encasillado como un marxista clásico, sin embargo fue permeado por el racismo a través de actos que presenció y le indignaron, como la forma en que fumigaban a los indígenas en Bolivia antes de ingresar a las oficinas públicas, luego de haber sido ellos los actores de la revolución de 1952.

Con las palabras del Che empecé a entender los límites de las alianzas. Cómo se privilegian los intereses económicos de las potencias, lo que implica manipular o abortar proyectos colectivos de países pequeños. El Che vivió y criticó esas posturas acomodativas y egoístas de la Unión Soviética, pero también de algunos líderes de la revolución cubana.

En estas fechas no me interesan los eslóganes. Yo me quedo con el hombre que sintió y vivió la traición de sus compañeros, de intelectuales internacionales que vestidos de izquierdistas no dudaron en denunciarlo, dibujando el rostro de los que luchaban con él en sus últimos días. Me quedo con el soñador que encontró un país indio viviendo en la extrema miseria, pero fue el país que optó por no luchar, el que le dio la espalda y facilitó su ejecución.

Me quedo con la foto, en blanco y negro, de él marchando por el centro de Cuba en 1959 al lado de otras figuras. Pero la sola presencia del Che me llena de fuerza y convicción, porque me recuerda que cada hombre o mujer es constructor de su destino, y que para cada generación la lucha es hoy.

Fuente www.elperiodico.com.gt


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