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Candelaria Acabal Alvarado (VI)
Por Irmalicia Velásquez Nimatuj - Guatemala, 8 de marzo de 2010

La violencia sexual contra las mujeres indígenas en Guatemala tiene como punto de partida la conquista española, su reforzamiento durante los tres siglos de la Colonia; en donde las indígenas fueron perennemente violadas por los encomenderos dando origen al pueblo ladino o mestizo, su continuidad durante la época Liberal; en donde los finqueros practicaban la servidumbre feudal a través del derecho de pernada, hasta el genocidio de 1979-1985, que vivió el pueblo maya en donde una de las características de su destrucción fueron las violaciones y la esclavitud sexual de niñas, adolescentes, adultas y ancianas que se cometieron exclusivamente en comunidades indígenas.

La violencia sexual fue ejecutada en su mayoría por miembros del Ejército y en menor porcentaje por grupos guerrilleros.

Lo esencial de esta etapa de guerra es que las violaciones sexuales no fueron hechos aislados o esporádicos, sino violaciones masivas en comunidades, por eso, trastocaron la cultura indígena.

La historia señala que la violencia sexual contra las mujeres indígenas ha sido un continuo y se asume normal, por eso, fue ejercida con impunidad en la vida de Candelaria Acabal, a quien Marisol Natareno Taracena, obligó a tener relaciones sexuales con el chofer de su pareja, el ex diputado por Quiché, Adolfo Manuel Rodríguez Recinos. También, la desnudó y encerró junto a un carpintero que trabajó para ella y acusó a Candelaria de haberse acostado con su hermano, por eso, junto a otra empleada –ya fallecida– la agarraron, golpearon, desnudaron y le echaron chile en sus genitales.

Durante los 10 años que Candelaria trabajó para Marisol, de los 14 a los 24, las pruebas evidencian que sufrió violencia sexual, porque fue abusada siendo una menor de edad, obligada a tener relaciones sexuales y violada por extraños, al punto de ser contagiada de una enfermedad venérea –recogido en el informe forense–, enfrentó prostitución forzada y trata de personas. Así como actos violentos contra su integridad sexual como mujer k’iche’.

La violencia sexual es una violación de los derechos humanos por eso, los estados deben castigarla con severidad, porque produce lesiones físicas, altera la salud reproductiva, crea trastornos crónicos, mentales, estrés postraumático, depresión, angustia, fobias, trastornos de la alimentación, baja autoestima, abuso de drogas y efectos mortales como el homicidio, suicidio y contagio del Sida.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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