Entre una bandera maya y un sombrero
Por Julio Abdel Aziz Valdez - Guatemala, 1 de febrero de 2012
Hace 4 años cuando el recientemente juramentado Presidente Alvaro Colom tomo posesión y como una forma de cumplir con su palabra en relación a sus promesas de un gobierno incluyente introdujo dos cambios simbólicos en el imaginario patriótico guatemalteco, el cambio de la granadera como fondo musical para actos oficiales por la melodía el Rey Quiche y la bandera denominada Maya que está compuesta por cuatro colores que además de mostrar los cuatro puntos cardinales representan los “cuatro pueblos” que según el discurso incluyente existen en Guatemala. Esta medida, contradictoriamente, fue cuestionada por algunos académicos indígenas como la Dra. Irma Alicia Velazquez que afirmaba que las políticas culturales de ese gobierno eran “ambiguas y flojas” por lo tanto era incorrecto solo el cambio cosmético.
El gobierno actual de Otto Pérez Molina regresa a los simbolismos originales, la granadera y abandona la bandera multicultural denominada como Maya por no ser necesaria si de unidad nacional se trata, claro está que la idea de unidad más que homogeneidad cultural hace referencia a la unidad ciudadana en esencia liberal “la igualdad ante la ley”, sin embargo dicha acción también conllevo su carga de crítica como la esgrimida por Anabella Giraca que incluso llego a afirmar que “lo indígena no tiene un valor en términos de Estado” con este tipo de acciones.
A ver, ya de por si el hecho de la existencia de banderas e himnos respondió a ideales liberales del siglo XIX que trataban de recurrir a sentimientos nacionalistas dentro de la población por encima de sus necesidades y aspiraciones, diversas en general. La bandera de Guatemala que surge en esas discusiones liberales trata de dibujar una unidad que no existía y que fue impuesta por la fuerza y la negociación, escudos de armas con fauna local son muy paradigmáticos en cuanto a representaciones, a mi particularmente no me gusta, sin embargo es claro que el camino que ha recorrido para su aceptación ha sido largo y tortuoso y aún con todos los pesares hoy, después de decenas de años es un símbolo reconocido por la diversidad de pueblos indígenas y la diversidad de pueblos ladinos y/o mestizos.
Es necesario aclarar varios aspectos en relación a esta discusión, 1. No existe unidad en el pueblo Maya. Lo Maya es una pretensión político-ideológica con la que no se identifican todos los indígenas, por lo tanto esa misma pretensión de tener una bandera no representa la unidad, de hecho la bandera actual tampoco, pero al menos ha guardado la coherencia con la ideología de Estado Liberal desde finales del siglo XIX. 2. Existe una tendencia simplista y reduccionista detrás de los planteamientos que sostienen que en Guatemala existen solo cuatro pueblos, poniendo en el mismo plano a “todos los mayas” y luego a “todos los ladinos”, sin reparar en las diferencias lingüísticas, regionales, etarias, genéricas, clasistas, ambientales, y otras que probablemente no nos alcanzaría a enumerar. 3. Los liberales conscientes de las dificultades de encontrar la unidad planteabas formulas homogenizantes que para el caso de Guatemala significaba el desconocer y menospreciar al otro, pero todo aquello se produce en el campo de relaciones de poder, la tendencia de algunas organizaciones, funcionarios y entes académicos que propugnan por la visualización de la mayanidad de la nación responde también a una lógica de lucha de poder que es financiada internamente con fondos públicos que van a organismos como la Academia de Lenguas Mayas y la red de funcionarios especialistas en multiculturalidad e interculturalidad de casi todos los ministerios, junto con Ongs y algunas entidades académicas gran parte de ellas con fuertes financiamientos externos, incluso de la misma USAID. 4. Ningún simbolismo “nacional”, en ninguna parte del mundo se ha definido desde el consenso sino desde el poder, incluso desde el poder de imponer el consenso, a no ser que sea representativo en su iconografía, y la bandera de cuatro colores es una aproximación discursiva al abordaje de la diversidad, que por cierto ni siquiera se ha discutido ampliamente, ni se hará.
Aun cuando parece una discusión sin sentido el tema de la aparición o no de la bandera en realidad refleja el creciente descontento en las élites intelectuales Mayas en relación a la composición del Estado pero que a diferencia del pasado ahora están ubicadas en posiciones de poder y es a partir de valerse de ese que los iconos pretenden convertirse en banderas. Existe hoy en día más unidad en torno a las imágenes o preceptos cristianos que a una bandera multicultural.
Pero el tema de los símbolos étnicos no termina ahí, la actual legislatura estrena a un diputado Maya (consolidado ideológica y políticamente hablando) Amílcar Pop que el al igual que su hermano,( reconocido como uno de los analistas políticos más riguroso sobre todo en temas de composición cultural en Guatemala), asume su curul, hay que aclarar que no es el primer diputado que asume su identidad política cohesionada con la cultural en el tema étnico, luce un sombrero negro fino similar, por sus características no por su calidad, a los utilizados en algunas regiones de Totonicapán. Al no existir elementos distintivos para hombres en su grupo lingüístico qe´qchi´, Amilcar Pop asume uno de otro grupo, contradictoriamente occidental, aferrándose a un elemento que “le imprime identidad” frente al otro, (ese otro es el ladino y su poder) pero cuando se le solicito que dejase el sombrero por razones de protocolo (construcción endeleble del deber parecer en vez del deber ser) y claro no acepto aduciendo que ello contravenía su construcción postcolonial de su identidad.
Es claro que ni la bandera y menos un sombrero construyen identidad, en este caso, pero si discurso y uno que trata de construir escencialismos. Es insuficiente asumirse como maya en organizaciones mayas con el peso enorme de la cultura dominante, esto se convierte en un juego de imágenes e iconos que tratan de diferenciar algo que en la práctica se asemeja al otro. Más allá de los pareceres son las certezas, un discurso mayanista en medio de un sistema excluyente termina por autoexcluirse o en parecerse más a sus detractores racistas.
www.albedrio.org |