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Muerte y arrepentimiento de guerra en Guatemala
Por Julio Abdel Aziz Valdez - Guatemala, 15 de febrero de 2013

Cuerpos queriendo salir de sus agujeros, obscuras noches de dolor, lluvia pertinaz que enverdece los campos. Cuando el aíre sopla entre los árboles se puede escuchar todavía el llanto de las víctimas, lagrimas convertidas en ríos turbulentos a veces, calmos con el sol, transparentes.

Una calle fría, voces apagadas, una mujer hincada frente al cuerpo inerte de un joven, largas filas de chillonas afuera del morgue, piden, suplican, exigen ver los últimos cuerpos, hinchados, morados, quemados por el sol, olores putrefactos, amarras a la espalda, rostros sin figura, figuras no humanas.

Casquillos de arma en la calle, olor a pólvora, a gasolina, el carro acelero dejando una mancha negra en el asfalto.

Una columna de hombres y mujeres se pierde entre los matorrales, puños cerrados, caras tapadas, botellas con gas y aceite quemado, mecha ardiendo, dinero y trabajo perdido, sudor bajando al rio.

Militares en el banquillo, jueces al frente, videos al fondo, indígenas entre los asistentes, rostros blancos y cobrizos, el recordatorio del sufrimiento, nuevamente, trae recuerdos duros, ya han pasado treinta años, cientos de reuniones, cientos de entrevistas, cientos de caminatas, decenas de veces frente al funcionario, al forense, al amigo solidario; treinta años paso todo cambio.

¿Qué justicia sería la mejor para alguien que mando a matar a miles? ¿Será la prisión? Nooo, esa es la meta del activista de derechos humanos, que también es víctima de su propia memoria.

Justicia sería que el encontrara la muerte como los miles que quedaron en el camino, justicia sería que sufriera hambre, humillación frente a los soldados, frente al funcionario, y frente a los que se alimentaron con su sufrimiento.

El militar supo de aquellas muertes, las evidencias son abrumadoras, no mira a la viuda y al huérfano, mira a su familia, el no tiene de que arrepentirse, nada hizo mal, cumplió con su deber, sus ojos se cerraran algún día y de su boca no saldrá un perdón a no ser que sea para su propia familia.

El general pidió perdón a Dios y él cree que lo perdonó porque sigue con vida, espera que la verdad se sepa y lo haga libre, de que todos entiendas que la muerte de aquellos era necesaria y le perdonen el castigo antes de que abandone este mundo.

El activista cree en la justicia, una que por supuesto no tenga que ver con exigir el paredón para asesino, grandemente influenciado por los donantes, sigue considerando que la prisión para un anciano es una via.

Pero ese militar y su familia no están solos, prontamente levantan sus voces los apologéticos del Ejército, los que consideran que todo este proceso judicial es una farsa montada por los que antes estaban con el fusil en la mano y oficinas en México.

¡Venganza! No justicia es lo que buscan, afirman.

El tema de lo poco que la justicia institucional ha hecho por perseguir a los otros surge nuevamente, paradójicamente los otros tampoco creen ni sienten la necesidad de disculparse y menos de arrepentirse. Hace 16 años entregaron sus armas y aceptaron los términos de la desmovilización (en jerga jurídica no, pero en términos reales si) entre los dientes surge nuevamente la misma frase: los que murieron lo merecían y los que no ni modo “así es la guerra”.

No hay arrepentimiento para los guerreros convertidos en asesinos, los asesinos convertidos en guerreros por el discurso y un pedazo de papel llamado ley.

El general podrá salir condenado, (¡espero!) ¿Ahí comenzará la reconciliación? Todo apunta que no. El activista se sentirá mejor, el apologista encontrará una razón de lucha en un país donde la paz sigue siendo la prolongación de la guerra.

Las muertes continúan, la misma sangre, la misma impotencia y las mismas lágrimas, el juicio y el banquillo están lejos que los recuerdos pierden su tinte y consistencia, cada vez más el activista debe ser más insistente, para él el recuerdo es vida, para la victima la vida está más allá del recuerdo.

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