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Linchamiento ¿ilusión de justicia?
Por Julio Abdel Aziz Valdez - Guatemala, 20 de agosto de 2013

A 16 años de haberse firmado los Acuerdos de Paz el conteo de muertes ocasionadas por actos delictivos sobre pasa a los producidos en el enfrentamiento armado interno. En estas se incluyen no solo los actos deleznables producidos por el narcotráfico, sino aquellos que son producto de estados alterados de las personas en ambientes altamente violentos, asaltos, muertes de mujeres en actos de violencia domestica, y demás, por otro lado las muertes reflejan el extremo de la violencia, podría fácilmente calcularse que por cada muerte existen no menos de 10 o 50 actos violentos no letales que dejan huella en la psiquis social, heridos y testigos y demás.

Cuando un hecho violento acontece se producen dos situaciones en el entorno inmediato, o la completa inmovilidad producida ya sea por el miedo o por el instinto de preservación de la integridad física, o bien lo contrario, la movilización inmediata o posterior, en este en particular prevalece el sentido de aplicación de la justicia que es negada a diario hacia los sujetos.

Hace tan solo unas semanas se produjo, nuevamente un linchamiento en el centro de la ciudad de Guatemala, un ladrón despoja a un joven estudiante de su teléfono celular, más tarde un grupo de estudiantes le dan alcance, este al verse copado dispara hiriendo al asaltado, los demás lo desarman y luego, con el concurso de transeúntes lo linchan hasta que policía y bomberos logran arrebatar al delincuente de las manos de la muchedumbre, días después el hombre muere, y el estudiante le sigue luego de agonizar por varios días. En este caso, no concuerdo con quienes puedan sostener que un linchamiento no proporciona la ilusión de justicia, de hecho muchos de los que participaron en este acto gritaban que estos ladrones no eran humanos y que por lo tanto merecían la muerte, un sujeto que amenaza con quitarle la vida por una posesión material en efecto a alcanzado niveles de deshumanización que ya han comprometido su propia existencia.

La justicia puede concebirse como un hecho y como una ilusión, un asesino mata, y luego como justicia se plantea, desde el sistema actual, que este debe de purgar un condena por prisión y luego pagos por daños (en algunos casos) la receta de la supresión de la libertad (especialmente de movimiento) se ha convertido en la constante que a estas alturas del desarrollo de la violencia delincuencial ya no se percibe como justicia.

Estamos frente a la paradoja que no solo cuestiona al sistema por la impronta en la aplicación de justicia, que es extremadamente complejo, sino que de hacerlo como concibe el castigo puede no serlo.

El linchamiento no solo es la descarga de energía colectiva producto de traumas colectivos y ansiedades, es una respuesta de autoconservación, un transgresor muerto no puede volver a delinquir y no va a regresar por venganza, el linchamiento es un acto liberador de culpas en tanto que nadie asume en lo individual la responsabilidad por la muerte del transgresor, y al final todos pueden sentirse complacidos porque se aplico justicia.

La percepción de justicia es ante todo la certeza de castigo, la dimensión del mismo en tanto el daño producido a la victima directa y su entorno, no solo es venganza, es la aplicación de un sistema de ponderación de castigo que evidentemente se enfrenta con los parámetros de defensa de los derechos humanos, en tanto que la aplicación de castigos corporales no son tolerados bajo ninguna excepción, incluyendo a las personas que hayan cometido graves daños a otras personas, ese posicionamiento es precisamente lo que la opinión pública y su percepción de justicia señala a las entidades de DDHH, y por lo tanto las aleja de la misma población que afirman defender.

En este fenómeno de percepción de justicia, el Periódico publica un reportaje titulado La bala que terminó con dos vidas (4 de agosto) que mostraba la paradoja que encerraba la muerte de dos jóvenes y sin que el periodista se los propusiera dispone de dos hechos que muestran esa percepción de justicia que en la sociedad se produce, ambos jóvenes son trasladados al Hospital estatal San Juan de Dios, para el delincuente los peor de las atenciones y para la victima de este todas las atenciones que podía proporcionar el sistema de salud. Desde el momento que el linchado había sido asociado al acto terrible de una ejecución en pleno centro de la capital fue condenado hasta por el personal sanitario, policías y bomberos.

Nuevamente la prensa políticamente correcta dispone de un contexto de pobreza para el delincuente, asumiendo con ello que había condiciones atenuantes para tal acto, lo que termina por ser completamente desafortunado en tanto que pretende criminalizar la pobreza y relativiza la ética y valores humanos que todos disponemos frente a condiciones de pobreza que siempre será relativa.

El epílogo de esta historia produjo una reafirmación de una verdad socialmente producida, el desdeñar el papel del Estado en su capacidad de poder gestionar justicia.

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