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Quiroa tuvo pueblo
Por Juan Antonio Canel - Guatemala, 7 de noviembre de 2004

Vos, al fin decidí irme para Cuba. Los dolores que siento abajo del esternón y en la espalda son desgraciados y mejor me voy con san Fidel. Ya me arreglaron todo para, de una vez por todas, ver qué chingados me pasa con el cacaste. Este fin de semana me voy.

–¡Qué buena onda!, eso debiste hacer desde hace mucho tiempo.

–Sí, vos, al fin les voy a hacer caso. Los cubanos ofrecieron atenderme. Hasta Damodar Peña, ex ministro de Salud de la isla me llegó a echar un ócser al hospital, a principios de año, cuando me metieron el primer cuchillazo en el cuello. Buena onda el Damodar, vos. Pero sabés lo terco ques’uno. Bueno, Canelín de mis angustias, no se te olvide tomar tus cucharadas a mi salud, aunque sea de vino para consagrar. Perdoná que no te siga hablando pero este dolor ingrato y pérfido ya me llegó a las palabras.

Ésa fue la última conversación telefónica que tuve con Marco Augusto Quiroa el jueves 14 de octubre de 2004, en horas de la mañana. Allí le pusimos talanquera a 20 años de diálogo amistoso, cordial, entrañable... El domingo 17 hizo maletas para irse a la isla. Su llegada al aeropuerto “La Aurora” fue en silla de ruedas porque la debilidad le metió zancadilla. En La Habana ya lo estaban esperando y, al nomás bajar del avión, lo llevaron directo al Hospital Oncológico; allí se inició un proceso hospitalario resumido en la sentencia médica: “ya no hay nada qué hacer”. Regresó el martes 26 totalmente sedado y en estado agónico. Y así, en esa puja con la muerte se estuvo hasta el domingo 31 cuando, a las 11 de la mañana, concluyó su batalla.

Pocas muertes me han dolido tanto como la de Maco Quiroa. Todavía, al escribir estas líneas, me cubre ese vaho desmadrado de la desolación. Su defunción la puedo traducir al mundo infantil: es el momento cuando uno vuela su primer barrilete y, al tenerlo arrullado por las nubes y uno mismo sentirse volar, ¡se rompe el hilo! El niño, con la respiración hecha voz de los pulmones pidiendo auxilio, corre muchas cuadras: son como kilómetros; sigue el curso del vuelo para ver si cayó en alguna casa y logra hacer los ruegos necesarios para recuperarlo. Son momentos agónicos. Sin embargo, el barrilete pende suicidado de un cables, de alta tensión. Algo así. Los adultos conminan al niño para no llorar ni desconsolarse. “Hay muchos barriletes más”, –le dicen con una palmadita en la espalda. Todos los argumentos intentan, de manera inútil, hacer nido en la tristeza del niño. Los adultos olvidan el meollo del asunto: ese barrilete es irrepetible. Nadie le va a restituir a uno la experiencia de buscar, en una mañana de domingo soleada, las varillas de coyote. Ninguno sabrá la persistencia empleada para conseguir el dinero y comprar el papel de china ni la ilusión consumida mientras se preparaba el almidón y se cortaban los flecos. La alegría de hacer los primeros frenesillos, calcular el largo de la cola para un ascenso tranquilo, sin colear, y encontrar la loma adecuada con el viento preciso para que el barrilete levante el vuelo, ¡señoras y señores!, eso es insustituible. Ilusión, faena cumplida, sueños previos, alegría del vuelo, eso no se puede restituir. No se puede canjear por ningún engaño. La alegría cortada de tajo es cataclísmica. Pero bueno, ésa es mi tristeza...

Hace, más o menos, 12 años, le conté a Maco mi encanto con la lectura de Cuentos de Joyabaj, de Francisco Méndez, sobre cómo ese autor me hizo sentir todo lo narrado y, además, la frescura e inocencia respirada en sus páginas. Después de oír mi experiencia, él me dijo:

–¿Sabés por qué sentiste todo eso?

–¿Por qué, vos?

–Porque Francisco Méndez tenía pueblo.

 

Luego, ese “tener pueblo” Maco me lo amplió contándome una impresión parecida a la mía. “Fijate, vos... a mí me pasa lo mismo que a vos, por ejemplo, cuando leo la poesía del flaco Arango. Siento salir de sus palabras los mismos objetos nombrados por él. Por ejemplo, si habla del zanate, Arango tiene la magia de hacernos sentir su graznido; de las frutas picoteadas en los árboles, vos sentís el sonido, los olores y hasta el sabor con el cual disfruta el pajarraco; al emprender el vuelo, te llega el aire desplazado por sus alas y hasta oís el plaf de la caquita cayendo al pasar sobre vos. Y alguien capaz de transmitir eso, definitivamente tiene pueblo. No hay de otra. Contar las cosas de esa manera, no es así nomás”.

Con los años, muchas veces volvimos a ese tema, al compartir la experiencia de nuestras lecturas. Yo le dije en una ocasión:

–¿Vos creés que Miguel Ángel Asturias alguna vez tuvo la experiencia de bajar barrancos, conocer los bosques y sentir sus olores como para narrar en Hombres de Maíz, por ejemplo, el pasaje donde los compadres, a través de mil obstáculos, peligros, hondonadas y alegrías transportan el garrafón de guaro que, en el camino, van consumiendo y pagando con una truculencia que los hace terminar en la cárcel?

–Mirá si alguien tuvo pueblo, fue el Miguelón. “Tener pueblo” no quiere decir que a puro tubo vos vivás en un lugar refundido. No. Es más, vos podés vivir, por ejemplo, en Joyabaj y nunca “tener pueblo”. Para lograr esa virtud, hay que recorrer sus calles, sentirlas; mezclarte con las gentes, sentir sus olores, sus hedores; vivir sus historias, chupar cusha en batidor de barro, volverte cenzontle y que, aunque tengás voz de sapo, vos hagás que los demás te escuchen, precisamente, como cenzontle. Y el Miguelón, Canelín de mis angustias, pudo hacer eso. La parte jodida es que, para llegar a tener esa virtud, uno necesita acercarse a las personas y a las cosas de manera humilde. Hay que tener la capacidad de aprender y la sensibilidad abierta para ese gran acontecimiento de la vida. Eso no cualquiera lo logra, aunque se la lleve de muy fustán con picos.

Dichas esas razones, en el camino de los años, al leer los libros de Maco, entendí ese portento que significa “tener pueblo”. Es necesario oxigenarse de mundo y aldea; de cielo y de infierno; de gozo y sufrimiento. En resumidas cuentas, estar abierto a todas las personas para poder llegar a todos. Quiroa, confirmó en Semana Menor, su primer libro, ser alguien “con pueblo”; no sólo como escritor sino como ser humano. Todo el mundo guatemalteco está resumido en sus páginas; no sólo la actualidad bulle en esos folios exuberantes; también la nostalgia ancestral y el sueño de cambiar muchas cosas están como andamios, sosteniendo los relatos. Quiroa, pues, fue alguien con pueblo. Sin embargo, a mí me picaba la curiosidad sobre cómo se hizo un ser con esa virtud. Lo sondee de muchas maneras sin plantearle mi objetivo. No obtuve una respuesta concreta. Fue en México, hace nueve años cuando, recorriendo librerías de viejo, sin preguntarle, me habló con nostalgia de su papá: don Benigno Quiroa. Él lo llamaba “tío Nino” y fue juez en muchos lugares del país.

–Fijate vos –me dijo–, la suerte que yo tuve al tener un ruco como mi viejo.

–¿Por qué, vos?

–Porque si no hubiera sido por él, de plano yo hubiera sido otra cosa, menos escritor y pintor.

–¿Abogánster?

–Quizá sí.

–¿Él te obligó, pues?

–No, hombre. Al contrario. Yo comencé a interesarme por la literatura y la pintura, precisamente, porque no me obligaron. Lo que pasó fue que, como al tío Nino lo tenían del tingo al tango, a mí me acarreaba a donde a él lo enviaran. Y en ese trajín aprendí que las atmósferas son distintas. Cada pueblo tiene la propia. Y la misma comida, aunque sea igual, no tiene el mismo sabor en Cobán que en Chicacao. El sudor mismo de las personas huele diferente. Y el dolor, que siempre duele, las personas no no lo sienten de la misma manera en todas las partes. Los mismos labios de las mujeres, dependiendo del lugar, saben a jocote de corona, a rosas en miel, hoja de pino o agua fresca... etcétera.

Y siguió confiándome su vida oliendo pueblos, bebiendo tradiciones, sorbiendo cielos, bañándose en amaneceres y conversando en las noches mudas... Después, ya en su época de abstemio, al heredarme su cuota de sangre de 36 grados gay lussac, nos juntamos muchas horas para seguir conversando de nuestra pasión: la literatura. En una de esas tardes clásicas de chipi-chipi, le pregunté sobre el cuento que, según mi humilde criterio, considero su escrito más alto.

–¿Cómo se te ocurrió el cuento Plaza Mayor?

–Pues fijate que no se me ocurrió. Me sucedió. Fijate, vos, que en unas vacaciones disfrutadas en Petén, en el hotel donde fui a parar, se fue la luz. Y como a mí me jode un poco la claustrofobia y peor en oscuras, les pregunté a los de la recepción si tenían candelas. Claveramente me dijeron: “nel pastel”. Entonces les pregunté por un lugar donde pudiera conseguirlas. “Pues allá hay una tienda y allí venden”. Salí del hotel con algo de culillo por la oscurana y caminé un trecho de unos 300 metros. Mirá, vos, allí, en esa noche profunda comenzó el cuento. Llegué a la tienda y, una ruquita, con una candela encendida detrás de ella, me atendió. Al verla, yo sentí como que esa luz era un túnel invitándome a entrar. Compré las candelas y, de regreso, ese hogar de los árboles y de nuestra cultura comenzó a hacer ósmosis en mí. Ese sonido sordo de la noche con sus chicharras guardianas me conmovió hasta el tuétano. Y dejé de vivir en mi época y me trasladé al año 789, “día de dioses tutelares, de celebración mayor, de tzolkines, años festivos, apelmazados en el cuenco del tiempo”. Al regresar al hotel estaba medio azonsado, pero con una euforia de la gran diabla. Allí mismo, a puro lápiz, comencé a escribir ese regalo de haberme convertido en Kukulcán y, a la vez, gato viejo. Puchis, vos, no pude dormir hasta que terminé. Por eso, mi cuento lo siento tan mágico.

Con ese relato, Quiroa ganó el premio “Carlos F. Novella” en 1990, el más importante de esa época en Guatemala. Hoy, cuando Marco Augusto ya es ceniza, lo recuerdo como un hombre extraordinario que tuvo pueblo y, por eso, vive en el recuerdo, en las palabras, en las luchas, en los sueños de este pueblo suyo: Guatemala.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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