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Impuestos y anarquía
por Juan Alberto Fuentes K. - 23 de junio de 2004
juanalbertofuentes@hotmail.com

La idea de que los impuestos significan costos para las empresas y de que por lo tanto castigan la inversión tiene una falla básica: no reconoce el propósito de los impuestos, que es financiar lo que se llaman bienes públicos, como la seguridad, la salud, la educación, la infraestructura en áreas rurales, la estabilidad macroeconómica y el Estado de Derecho. En particular, con un Estado débil como el de Guatemala, sin recursos para pagar bien a los policías ni para equiparlos con armas, equipos y automóviles adecuados, ni para financiar sistemas serios, profesionales y tecnológicamente avanzados de investigación, es imposible controlar el crimen.

La privatización de la seguridad no ha hecho más que aumentar los costos de las empresas y reducir la privacidad de las familias de los empresarios, aislándolas de la terrible inseguridad y anarquía que afecta al ciudadano común, con una desastrosa imagen de país para la inversión extranjera y el turismo. Pasa lo mismo con otros bienes públicos. El raquítico monto de recursos para educación explica la ausencia de mano de obra calificada, lo cual disminuye la productividad de las empresas y aumenta los costos, ya sea por ineficiencia o por necesidades de capacitación.

Otra idea que algunos difunden para evitar un aumento de la tributación es que al reducir las tasas de los impuestos aumenta la recaudación. Esto fue válido hace algunas décadas, cuando las tasas máximas del impuesto sobre la renta eran superiores al 90 por ciento, como ocurría en Estados Unidos a principios de la década de los 60. Frente a tasas de esta magnitud, en muchos países hubo una tendencia generalizada a reducirlas, lo cual condujo a las tasas actuales, a entre 30 y 40 por ciento (a veces más, a veces un poco menos), aplicables al Impuesto Sobre la Renta (ISR).

Pero hubo excesos, como cuando el gobierno de Ronald Reagan en los Estados Unidos redujo la tasa del ISR en 1981, y la recaudación del ISR como porcentaje del ingreso nacional cayó de representar 9.3 por ciento del ingreso nacional (o del Producto Interno Bruto, que es aproximadamente lo mismo) en 1981 al 7.7 por ciento en 1984. Otra cosa fue la reforma tributaria de 1986, impulsada conjuntamente por demócratas y republicanos, cuando fueron reducidos los agujeros del ISR que resultaban de permitir deducciones de gastos médicos y seguros, gastos de entretenimiento, incluidos almuerzos de negocios, ciertas pérdidas y algunos gastos de depreciación. Con la reducción de agujeros se compensó la disminución de la tasa máxima del ISR aplicada a personas, que se redujo del 50 al 28 por ciento (y el de las de empresas, de 46 a 34 por ciento). Los ingresos no variaron mucho, aunque se ganó en simplicidad y eficiencia.

Posteriormente la tasa máxima del ISR a personas en los Estados Unidos fue aumentada a 39.6 por ciento, con lo cual el nivel recaudado se recuperó, alcanzando cerca del 9 por ciento del ingreso nacional durante la segunda mitad de los 90 (casi lo mismo que representan actualmente todos los impuestos en Guatemala). En otras palabras, no se puede generalizar: con tasas máximas del 90 por ciento era válido reducirlas para aumentar la recaudación, pero ya no lo era cuando bajaron del 30 por ciento.

En realidad, lo que pareciera estar en discusión no es tanto el efecto de los impuestos sobre la inversión o la recaudación, sino el tipo de Estado que queremos. Durante la primera mitad del siglo XX se desarrolló en algunos países europeos, como España e Italia, lo que se llamó el Anarquismo, una corriente política asociada con la izquierda y ciertos sindicatos que buscaba la eliminación del Estado, concibiendo a éste como instrumento que la burguesía utilizaba para controlar y explotar al resto de la población. Los comentarios tan frecuentemente repetidos en algunos programas de radio y por parte de algunos columnistas conducen a preguntarse si en Guatemala no existe un exótico y extremista Anarquismo de Derecha, que busca eliminar al Estado o convertirlo en un ente simbólico e inoperante.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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