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Superestrella
Por José Barnoya - 8 de abríl de 2004

Si una película cinematográfica es excelente no necesita un elevado prepuesto para llegar a la conciencia del público. Un cineasta de calidad como Luis Buñuel no se rodea de una inmensa parafernalia, ni necesita mensajes de recomendación para producir cintas memorables. Si no que lo digan películas como El Perro Andaluz y Viridiana, que han quedado indelebles en la pantalla. Viene esto a cuento después de ver tanta plata, propaganda, recomendaciones, videos, suspiros y lágrimas que se han derramado para promocionar La Pasión de Gibson.

Amanecer del Domingo de Ramos. La cohetería anuncia la procesión de la Burriquita que sale del templo de Capuchinas, allá por la décima calle y décima avenida. En ese instante aparece en el viejo proyector de la memoria una hermosa película grabada hace treinta años.

Como un obispo había dicho que podía ser vista hasta por los que no entendían, y a pesar de que los que no entendían la consideraban una herejía, me colé en una sala y me apoltroné atrás de una pareja de enamorados: Ella, triturando un montón de palomitas de maíz; él, fumando un cigarro que exhalaba más de cuarenta cancerígenos.

Rítmica y pegajosa la música. Una camioneta destartalada, pletórica de polvo y jóvenes arriba a un desierto proveniente de algún lugar; a lo mejor del remoto Camotán. Llevada en brazos de mujeres y hombres, una inmensa cruz que encandila por el sol y refulge sobre la arena, desciende de la parrilla del autobús. Ahí se inicia la Pasión que impresiona e inmoviliza al público.

La voz tonante de Judas se esparce por todos lados, va de butaca en butaca desde el inicio hasta el patético final. Premonitorio y suplicante, el discípulo advierte al Maestro de los riesgos que corre su persona y los peligros que se avecinan. Él, hace caso omiso de las advertencias, y plenamente convencido de su noble misión, continúa con paso firme y decidido su trágica caminata hacia el Calvario. Colérico y valiente, armado únicamente de sus puños, expulsa del interior del templo a los mercaderes que comercian con la carne, las joyas y las armas. Si el Maestro aún viviera -pienso- y se apareciera por esta tierra, otra sería nuestra situación. Mientras Él duerme, María Magdalena, redimida, canta con voz morena y tierna la historia de un amor imposible. Abominables y repulsivos, aparecen luego Anás y Caifás, Herodes y Pilatos, personajes que el director no hubiera tenido problema en seleccionar en esta tierra en la que abundan.

Se sienten en carne propia los latigazos que un soldado de un ejército cualquiera, playera violeta, pantalón verde olivo y metralleta, deja sobre la espalda redentora del nazareno. Da lástima ver en la pantalla a un Judas negro que se bambolea de la rama de un árbol. ¿Por qué escoger un Judas de color -pregunto- habiendo tantos blancos? Queda por último indeleble la escena de la crucifixión, así como imborrables las frases agónicas: suplicante una: "Perdónalos, porque no saben lo que hacen"; colérica la otra: "¿Por qué me has abandonado?" En el silencio de las tres de la tarde del Viernes Santo, el estallido de una bala atraviesa, como una lanza, el pecho exánime de un campesino inocente. Tras los truenos se vienen los goterones de un aguacero que lo inunda todo. Rebelde, humilde, humano y justiciero, resucita un cristo anónimo al finalizar la memorable película Jesucristo Superestrella, vista hace treinta años. La Luna llena gimotea en el oriente.

Tomado de www.sigloxxi.com


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