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Paz y Paz
Por José Barnoya - Guatemala, 25 de noviembre de 2004
barnoyap@intelnet.net.gt

Con el derrocamiento de la dictadura de Estrada Cabrera, apareció un pronunciamiento de la juventud estudiantil: "En la ciudad de Guatemala, a los 22 días del mes de mayo de 1920, y siendo las 9 p.m., los infrascritos estudiantes universitarios, reunidos en sesión solemne y extraordinaria en el edificio que ocupó la Escuela Manuel Cabral, acordamos: constituirnos en una entidad de carácter perpetuo, que llevará el nombre de Asociación de Estudiantes Universitarios, bajo las bases que contendrán los estatutos que se elaborarán para el efecto. En fe de lo cuál firmamos la presente acta de organización en el mismo lugar y fecha". Redactó el documento y firmó entre los 200 universitarios fundadores, Alberto Paz y Paz, quien desde ese día hizo célebre su doble e ilustre apellido.

Como ha sucedido a muchos, el hijo Roberto, heredero de esa paz duplicada, llegó a esta tierra cuando gobernaban los entorchados chafarotescos. En el Registro Civil quedaron asentados, además de la hora, día, mes y año del advenimiento, la talla y el peso del crío. El tiempo disminuyó la talla y la polilla engulló el peso del recién nacido. Nadie creería después que midió más de 50 centímetros y pesó más de siete libras.

Poco a poco, los genes que le habían transmitido padre y madre fueron aflorando. La virilidad y elocuencia del padre corrían parejas con la bondad y simpatía de la madre. El padre, gustoso, le cedió los dos apellidos traídos de Teculután; la madre, el apelativo venido de allende el Merendón. No por falta de apetito, ni porque le desagradara la leche materna, empezó a enflaquecer. Era una forma de adoptar y hacer honor al sobrenombre del padre.

Al Seco Paz y Paz lo conocí ya flaco; más robusto que Tasso, y con más carnes que las mías. Más bigote que cabellera y más cerebro que músculo. Fue por eso que Manuel José Arce, viéndolo tan magro, le suprimió de un tajo el apellido reiterativo, duplicándole el apodo: El Seco y Seco Paz.

El único deporte en el que descolló fue la literatura. Como conversador, inalcanzable; como periodista, indomeñable; como escritor, imponderable, fue también lector incansable de libros, revistas y periódicos.

Cierta mañana despertó al escuchar el ronroneo de la motocicleta del repartidor de periódicos. Para su mala suerte, el diario descansaba en lo alto de un alero. Tratando de alcanzarlo, perdió pie y se desplomó con sus escasas libras y sus muchos huesos.

Despertó en una sala del Hospital General de Accidentes del Instituto de Seguridad Social, con la única resaca que no había sufrido: la de la anestesia. De puntillas y tímidamente me acerqué esa tarde hasta los pies de la cama número seis en donde reposaba después de la reparación de su fémur andariego, diciéndole con voz ronca: -Lo viste Seco de mis pecados-, los huesos de mi mano apretaron los de la suya -que no sólo los malos caen-. Mirando a su alrededor, sonriéndole al traumatizado de la cama vecina, sólo pudo bisbisear a través de su mostachón canoso de prócer: -Así es amigo, por un malvado que se derrumba de vez en cuando, hay 100 buenos que se desquebrajan-, y se quedó dormido.

Como nunca me ha gustado atisbar el semblante de la muerte de mis quereres, sólo me acerqué lo suficiente a sus restos para decirle: -Espero Seco insigne, que descanses tan plácidamente, como la tarde aquella cuando te reponías en tu cama de hospital hace unos años. Hasta siempre Roberto-.

Tomado de www.sigloxxi.com


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