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Mitos y falsedades
Por José Barnoya - Guatemala, 3 de febrero de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

Fue gracias al Colectivo Madreselva que el pueblo se enteró de lo nefasto que resultará para el ambiente y la salud la perversa actividad de minería a cielo abierto, mil veces más dañina que la subterránea. En una valiente y certera aclaración a la Embajada de Canadá, aseveró Magalí Rey Rosa al oponerse a esa voraz explotación minera: "No puede compararse Canadá, con más de nueve millones de kilómetros cuadrados, 31 millones de seres, y tres habitantes por kilómetro cuadrado, con esta endeble Guatemala, con más de 100 mil kilómetros cuadrados, 11 millones de habitantes, y más de 100 de éstos por kilómetro cuadrado. Además, en Canadá la mayoría vive muy bien, mientras que en esta tierra la mayoría vive muy mal".

Estas palabras fueron las que me guiaron ya para finalizar el año, hacia la Casa de la Reconciliación, donde se estaba llevando a cabo el Foro Alternativo de Resistencia sobre Minería de Metales. De entrada me encontré ante un recinto lleno hasta las banderas por 300 personas, entre representantes de 26 comunidades que se consideran afectadas por la minería y representantes de 51 organizaciones.

Escuchamos, esa tarde, las voces autorizadas de gente que sabe lo nefasto que puede ser la minería a cielo abierto, con los pocos beneficios y los muchos males que acarrea para las comunidades donde se instala codiciosa y desalmada. El hidrólogo y geólogo gringo Robert Morán, y el sacerdote peruano Marco Arana, con su amplia experiencia, dijeron todo lo que saben acerca de la extracción de minerales. Extraer metales preciosos en un país industrializado es como arrancarle un pelo a un robusto gato de Angora; en cambio, sangrarle el oro a una tierra comunal y enclenque es como desplumar a un gallo poshoroco.

Desde el Huasipungo ecuatorial de Jorge Icaza, llegó tonante la voz de Carlos Zorrilla, propalando los mitos de la minería: No es cierto que la minería crea fuentes de ingresos para el Estado, pues está demostrado que los países mineros presentan una tasa de crecimiento más lenta, bajos niveles de protección y distribución desigual de ingresos. No es cierto que la minería no contamina ni altera el medio ambiente, pues las nuevas tecnologías posibilitan extracciones con bajo contenido metálico, lo que aumenta los desechos sólidos. No es cierto que genere puestos de trabajo, pues en Yanacocha, la mayor de Sudamérica, la fuerza laboral no pasa de 100 empleados, siendo éstos en gran parte profesionales calificados. No es cierto que beneficie a las comunidades, pues a gran escala desplaza comunidades locales, y en sitios donde ha devastado el medio ambiente, la economía local mejora al cerrar la mina.

Tampoco es cierto que la minería promueva el desarrollo, pues países mineros desde hace siglos como Bolivia, es uno de los más subdesarrollados y Sierra Leona, el más pobre del planeta. Para acabarla de amolar, la minería no es compatible con un desarrollo sustentable, pues éste sólo se lleva a cabo cuando los recursos naturales son renovables, como es el caso de los bosques. Por el contrario, el oro, el cobre y otros minerales no son renovables, por el hecho de ser substancias orgánicas no susceptibles de renovación. Puros mitos y falsedades.

A la pregunta de Olegario: ¿Qué nos deja entonces la minería?, respondió Chepe, su compadre: daños en nuestra salud por contaminación; montañas destruidas sin sus bosques y animales; suelos devastados, inservibles por muchos años; pocos empleos, la mayoría de pico y pala; y lo peor, agua contaminada.

Tomado de www.sigloxxi.com


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