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La nueva barbarie
Por José Barnoya - Guatemala, 10 de febrero de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

Ese año de 1944, la Segunda Guerra Mundial aventajaba en años, destrozos y víctimas a la Primera. Cursábamos el primer año de bachillerato en el Instituto Central, y las noticias de esa guerra devastadora llegaban a duras penas por la onda corta de una radio, y por las Acotaciones a la Vida Internacional que, en Nuestro Diario publicaba el insigne Carlos Bauer.

Con el siguiente año llegó la invasión de Alemania por el aguerrido Ejército Rojo, la caída de Berlín y la rendición del Ejército alemán al mando de Jodl, ante el general Zhukov y sus hombres, apoyados por 4 mil tanques y 5 mil aviones rusos. Ya el Führer se había suicidado junto a su cashpiana, 10 días después de su cumpleaños. Lo que nunca supimos -sino hasta meses después- fue de las atrocidades cometidas por el inhumano y desquiciado Adolfo Hitler y sus secuaces. Poco a poco se filtraron las malas nuevas de los inmensos campos de concentración (Auschwitz, Treblinka, Buchenwald, Dachau, y otros), donde se torturó, experimentó y masacró con impunidad y sadismo a seis millones de judíos. Llegaron después los juicios de Nüremberg, las condenas, los suicidios y las fugas hacia otras regiones, de los nazis y fascistas.

Con el único objetivo de frenar y evitar en el futuro nuevas masacres y genocidios, la Organización de Naciones Unidas promulgó en 1948: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y la Convención contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, los cuales entraron en vigencia casi inmediatamente después de ser promulgados. Guatemala -en el seno de las Naciones Unidas- refrendó con mano firme y tinta indeleble dichas declaraciones y convenciones

En esta América latina, muchos años después y cuando todavía estaban frescas las imágenes escalofriantes y pavorosas de niños, mujeres, hombres y ancianos flagelados, torturados, mancillados y masacrados en los campos de concentración europeos, se repetían las mismas escenas a manos de dictadores y ejércitos criollos que pretendían emular -con éxito muchas veces- a los desalmados orates nazis y fascistas.

Fue así como en esta tierra, dictadores y Ejército, olvidándose de signaturas, convenciones y declaraciones internacionales serias, empezaron a ejecutar, primero torturas y asesinatos selectivos, los cuales se tornaron con el tiempo en atroces masacres y genocidios abominables. Panzós primero, a finales de los años 70, y luego una lista de pueblos mártires, soportaron toda clase de iniquidades: Chichupac, Dos Erres, Río Negro, Plan de Sánchez, para terminar con la desaparición casi total de poblaciones inocentes: Nebaj, Chajul, Cotzal y Uspantán, transformadas después en polos de desarrollo y aldeas modelo, copias fieles de los ominosos campos de concentración.

Llegó con enero la conmemoración que hizo la ONU del holocausto en el que perdieron la vida muchísimos inocentes. Se olvidó la ONU de la nueva barbarie que sufrió nuestro pueblo mártir durante el último cuarto del siglo pasado, cuando murieron más de 150 mil guatemaltecos, 45 mil desaparecieron, un millón fue desplazado, dejando el espantoso saldo de 50 mil viudas y 250 mil huérfanos. Cuando allá en Europa, Elli Wiesel clamaba en nombre de los inmolados: "Nunca olvidaré estas llamas que consumieron para siempre mi fe", aquí en mi tierra, doña Josefa Pol derramaba un torrente de llanto en nombre de su pueblo torturado, masacrado y mancillado.

Tomado de www.sigloxxi.com


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