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El respeto ausente
Por José Barnoya - Guatemala, 3 de marzo de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

Nadie sabe cuándo se originó el apotegma. Lo cierto es que esas palabras se vienen repitiendo desde tiempos inmemoriales. No hay hogar en el que no se haya escuchado la frase:"Todo tiempo pasado fue mejor". A lo mejor fue Jorge Manrique en el siglo XV quien creó la expresión, cuando dijo en las Coplas por la muerte de su padre:

"cuán presto se va el placer
cómo, después de acordado
da dolor. Cómo a nuestro parecer
cualquier tiempo pasado
fue mejor ".

Con los años, me di cuenta de que no era tan cierto lo que decían los viejos; más cuando leí al autor de El Hombre Mediocre, el célebre José Ingenieros, quien dijo acerca del pasado: "Mirad siempre adelante, aunque os equivoquéis: más vale para la humanidad equivocarse en una visión de aurora que acertar en un responso de crepúsculo. Y no dudéis que otros después, siempre, mirarán más lejos; para servir a la humanidad, a su patria, a su escuela, a sus hijos, es necesario creer firmemente que todo tiempo futuro será mejor".

Con la década entre 1944 y 1954, desapareció la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, y adoptándose entonces las palabras de Ingenieros, quien aseguraba que todo tiempo futuro será mejor. Para nuestro infortunio llegó la invasión foránea, y con ella la intromisión de malas costumbres y vicios extraños enraizándose en nuestra sociedad: la irreverencia sustituyó al respeto; la inmoralidad a la ética; la patanería a la educación; la indecencia al decoro; la ignominia a la dignidad. El peculado, las truncias, el cachimbirismo, el cinismo y la impunidad empezaron a reinar y a copar todos los estratos sociales. Poco a poco se fue perdiendo el buen decir, la cortesía, la comprensión y la solidaridad.

Ha sido con la llegada de estos tiempos de desbarajuste, impiedad y anarquía como hemos vuelto a creer en que todo tiempo pasado fue mejor; más cuando vemos que al saludo se responde con un gruñido, y a la mano abierta de la amistad se opone el puñetazo del odio.

Vaya uno adonde vaya, a pie o en vehículo, a cualquier hora del día o de la noche, siempre es lo mismo: el bocinazo presuroso contra el que avanza con calma; el irrespeto por el rojo del semáforo, la línea blanca que protege al peatón, y el rojo que marca el alto.

A la mujer ya no se le cede el asiento en los buses, ni al anciano se le da el rincón en la calle. Es entonces cuando se piensa -y con razón- en que todo tiempo pasado fue mejor. Para evitar bravatas, madreadas e insultos, cada vez que puedo hago mandados o visitas a pie, aunque eso signifique riesgos, contratiempos y accidentes innecesarios.

Voy a pie por la 6a. avenida de la zona 10. Todo es prisa, ajetreo y carreras. Peatones y pilotos quieren llegar los primeros atropelladamente. Veo de pronto entre tanta gente apresurada, ansiosa e indiferente, el extremo de un bastón blanco que guía a un hombre no vidente que se abre paso entre el barullo de la gente. Desconcertado y desorientado, se ha tenido que bajar al asfalto, obligado por un poste, un teléfono tarjetero y una vendedora de chucherías que ocupan la acera.

Con una sonrisa acepta mi mano sarmentosa que lo lleva hasta su destino: La Torre de Marfil, en donde se encuentran las Salas de Apelaciones. Después de dejarlo frente a un escritorio me despido apresurado sin darle mi nombre. El hombre del bastón sólo atina a decirme en señal de despedida: "Es extraño que ahora cuando el respeto brilla por su ausencia, alguien de un tiempo pasado me haya ofrecido ayuda".

Fuente: www.sigloxxi.com


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