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La vacuna esperada
Por José Barnoya - Guatemala, 27 de abril de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

Se ajustó las gafas y se alisó el cabello raleado, herencias del abuelo; metió en el maletín un montón de jeringuillas, algodón, un frasco de alcohol, y se fue rumbo al Altiplano. En el camino le revoloteaban en la cabeza las estadísticas pavorosas: en esta tierra se mueren cada año, 80 por cada mil niños menores de cinco años; el país comparte con Haití el récord de desnutrición (34 y 37%), y se aparea con esa isla en el último puesto en inmunización contra el sarampión.

Ya en el atrio de la iglesia de Sumpango, frente a un tanate de chirices, comprobó la veracidad de las estadísticas. Ese domingo de abril, el poblado lucía diferente: hilos de banderitas de colores tremolaban en los postes encargados de distribuir una luz mortecina a la población; el pino regado ocultaba los baches de las calles; las campanas destempladas y una pareja de bocinotas anunciaba la última campaña de vacunación apoyada por el Ministerio de Salud del gobierno de turno.

El pediatra Edwin Asturias Barnoya se plantó ante el micrófono para decir con voz firme: "Desde hoy, la vacuna protegerá a la niñez guatemalteca. En esta tierra se mueren cada año 17 mil niños menores de un año; de éstos uno de cada cinco se muere de infección respiratoria o de neumonía. Además, de los 300 a 400 niños que sufren de meningitis cada año, se muere uno de cada cinco, quedando los sobrevivientes sujetos a padecer cualquiera de sus secuelas: retraso mental, sordera o convulsiones. Esta inyección combina más de tres vacunas: difteria, tétanos, tos ferina, meningitis, neumonía y hepatitis, esperando reducir las neumonías severas en un 20 a 40%, y la mortalidad infantil en un 10%". El llanto del primer patojo vacunado dio inicio a la vacunación total.

Reapareció en ese instante un relato que estaba hibernando entre las páginas de mi libro, Panzós y unas historias: como no conoció a sus ancestros, nunca supo si habían sido vacunados: el tatarabuelo había sido fusilado por uno de tantos dictadores; un derrame cerebral había terminado con el bisabuelo; y el cáncer había devorado poco a poco a la indefensa abuela. Sí recordaba haber visto sobre el hombro velludo del padre, un par de cicatrices que lo habían protegido de algún virus nefasto. Cuando llevó a sus hijos con el pediatra, revivió sus días de patojo enclenque y entelerido, pues sintió en carne propia el arañazo de la aguja que lo hizo recordarse de los antepasados del sabio Jenner. Al tercer día le apareció un volcancito, el cual hizo erupción en una ampolla que, al estallar dejó un cráter desagradable pero protector. Mientras los ganglios se tomaban de la mano, el mercurio se encaramaba en el palo ensebado del termómetro. Eso fue todo. Llegaron después más vacunas contra la difteria, el tétanos y la tos ferina; contra la poliomielitis y la tuberculosis; hasta contra la rubéola.

La encefalitis y la neumonía, fieles compañeras del sarampión que, trataban de imitar -en su cacería implacable de chirices- a la desnutrición, estaban a punto de ser derrotadas por la vacuna que acababa de llegar; talvez la última vacuna que solucionaría todos los problemas.

Se daba perfecta cuenta de que aún faltaban por descubrirse vacunas más importantes; vacunas que ayudarían a erradicar para siempre los pasos vacilantes del guaro, las adicciones sin sentido de la nicotina, la yerba y la cocaína, los trizamientos de las balas y las hinchazones engañosas del hambre. La vacuna esperada se demoraba en llegar.

Fuente: www.sigloxxi.com


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