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Pecado y perdón
Por José Barnoya - Guatemala, 12 de junio de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

Después de 17 años como pastor, se retiró monseñor Penados a meditar sobre su apostolado.

Todo patojo, según la religión católica, nace acarreando el pecado original. Esa es la razón por la que cuando un niño recibe óleo, crisma y agua de la pila en la shola, el cura borra de un plumazo ese extraño pecado, sin advertir al chirís que más tarde se enfrentará con infinidad de pecados mortales unos y veniales otros.

Cuando creía que con el bautismo estaba libre de todo pecado, llegó con la primera comunión una lista pavorosa de tentaciones y pecados a los que me tendría que enfrentar en la vida. Fue la Niña Delfina -la catequista- quien me hizo memorizar los siete pecados capitales, desde la soberbia hasta le pereza, pasando por la avaricia, lujuria, ira, gula y envidia.

Con el tiempo me di cuenta que esos eran pecados de gente pudiente, pues no concebía a un pobre padeciendo de soberbia, gula y mucho menos de avaricia.

Pasaron los alegres tiempos de la primaria y la secundaria haciéndonos los quites -no siempre con éxito- de pecados, hasta que llegó la época universitaria plagada de tentaciones. Por un lado apareció la lujuria con la presencia de una enfermera de ojos soñadores y labios sensuales; la gula con el olor de un chile relleno, el revolcado o un rellenito de plátano; la ira al presenciar escamoteos, masacres y represiones de los mandatarios, apoyados muchas veces por civiles y militares.

Inermes como estábamos, la irreverencia -pecado venial- era la única forma de canalizar la ira contra los desmanes. Fue así como los estudiantes empezamos a mofarnos con caricaturas, versos y apodos, de gobernantes, oligarcas, militares golpistas y prelados incondicionales. Mientras que a un militarote le apodaron Pollino, al máximo prelado le encasquetaron Sor Pijije, en la época en la que el obispo bendecía la invasión foránea y la represión liberacionista. Con el tiempo y a veces injustamente, el endilgar sobrenombres a los prelados se volvió costumbre. Sustituyó a Rossell como arzobispo el padre Mario Casariego, a quien la burla estudiantil motejó como Sor Cotuzo. Al morir este, tomó el báculo y se colocó la mitra, un sacerdote bonachón y solidario que siempre apoyó al pueblo en sus penas, sacrificios y demandas, Próspero Penados, al que también la picardía estudiantil bautizó con el nombre de un ágil y alegre habitante de la selva petenera: Sor Saraguate; sobrenombre que el aceptó sonriente y resignado.

Después de 17 años como pastor de los desposeídos, se retiró monseñor Penados a meditar sobre su apostolado, y a esperar el tránsito que llegó un viernes luminoso de mayo. A la tarde siguiente, formé cola para agradecerle sus favores para con el pueblo. Portando mitra, palio y báculo, Próspero Penados, visitaba por última vez su casa. Frente a sus restos, más que pedirle perdón por las irreverencias, agradecí quitarme la excomunión del obispo Rossell en 1956.

Fuente: www.sigloxxi.com


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