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La última página
Por José Barnoya - Guatemala, 24 de julio de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

No siempre al final de la sección de un periódico vienen artículos interesantes.

No siempre la página editorial de o la de opinión de un periódico trae artículos interesantes, así como sus última página no trae siempre crónicas deportivas, carteleras cinematográficas o esquelas monumentales anunciando el deceso de alguien importante. Así sucede con algunos periódicos de esta aldea: la última página de elPeriódico del día domingo se engalanaba con la sabrosa y picaresca columna "Shute quesuno" del inmortal Maco Quiroa; así también la última página de ese mismo diario (de lunes a sábado) se nutre de artículos de buenos columnistas como Zepeda, Escobar, De la Horra y Aceituno.

Prensa Libre no se queda atrás con la revista Domingo que, no sólo trae en sus primeras páginas poemas célebres, cuadros famosos y entrevistas a personajes, sino que también aprovecha su última página para exponer comentarios y visiones del mundo y de la vida que avivan el pensamiento del lector.

Es en esa última página de esa revista que en la sección Punto Final escribe con frecuencia Edgar Ruano quien hace unos meses escribió una sabroso artículo: "Estrellas en la soledad", defendiendo a un grupo de perendecas quienes se atrevieron a jugar fútbol con señoritas de la zona catorce. Querían con esta aparición en público las Estrellas de la Línea (así se llamaba el equipo) que se les tomara en cuenta, se les tratara con dignidad, solicitando el derecho a la protección de sus hijos y la protección de ellas mismas contra la violencia civil y policial. El nombre de Ángela, que Edgar mencionaba al principio del artículo, me hizo recordar una anécdota que protagonizó esa excelsa dama durante nuestra alegre y disipada época estudiantil.

Esa noche, después de que nos dieron las notas fuimos en grupo hasta el callejón del Conejo (ahora sexta calle) en donde nos esperaba Juan Rivera en la puerta del Regis. De una rockola salía el humo, la voz y las canciones de Agustín Lara. Sobre la carpeta floreada de la mesa de pino, el revolcado, el chojín y los octavos de trago esperaban ser engullidos. Romeo empezó a tararear: cuantas noches me viste llorando, llamar a su puerta; en el momento en que Julio cantaba enamorado: Te dije muchas palabras, de esas bonitas, con que se arrullan los corazones. Cuando Pancho escuchó a Lara con su voz suave: A ti mujer ingrata, pervertida, mujer a quien adoro, se acordó de Ella.

Salieron de la cantina rumbo a la Línea y la novena calle. Los toquidos se fueron de puerta en puerta hasta llegar al cuarto de Angela: Toc, toc, toc...ábrenos Angela. Por debajo de las sábanas salió la voz de la dama: Hoy por la noche no se puede, tengo "permanente". Se oyó entonces la voz suplicante de Pancho: "Abrí colocha, por favor". La madrugada se fue tragando la suplica, mientras que el pabilo de una veladora que iluminaba a una imagen, trataba de ocultar un orgasmo fingido.

Fuente: www.sigloxxi.com


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