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Heroísmo blanco
Por José Barnoya - Guatemala, 28 de agosto de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

La luz de esa heroica enfermera iluminó la memoria para que apareciera una larga historia de sacrificio.

De madrugada llegó el diario con el titular a cuatro columnas: "Incendio devora hospital tico"; luego se leía la narración pavorosa: "Al menos 18 personas murieron la madrugada de ayer en un incendio que consumió tres pisos del hospital Rafael Ángel Calderón Guardia. El fuego estalló entre el tercero y cuarto niveles, consumiendo los tres últimos pisos de ese antiguo centro asistencial. Entre las víctimas figura la enfermera Patricia Fallas, de 42 años de edad, quien murió asfixiada mientras ayudaba a evacuar enfermos. En sus manos tenía una linterna aún encendida".

Fue talvez la luz de esa heroica enfermera la que iluminó la memoria para que apareciera una larga historia de sacrificio, nobleza y servicio de enfermeras y enfermeros que han cuidado, consolado, sanado y ayudado a bien morir a millones de seres humanos.

No fue sino hasta mediados del siglo XIX cuando se fundó la enfermería moderna. El zar Nicolás I - el Bush de aquellos tiempos - deseaba apropiarse del imperio otomano, y fue por oponerse a su instinto voraz que, Francia, Inglaterra, Turquía y Cerdeña se enrolaron en la guerra de Crimea contra Rusia. Apareció dentro de las tropas aliadas una santa mujer que se dedicó a curar heridos, consolar combatientes y administrar transfusiones, enfermera que respondía al nombre de Florencia Nightingale que, desde ese entonces es considerada como el paradigma de esa noble y abnegada profesión.

Con el nombre de doña Florencia en la memoria, ingresamos al Hospital San Juan de Dios hace más de medio siglo, y fue en nuestro discurrir como practicantes que comprobamos como una pléyade de enfermeras - unas de hábito largo y otras de falda corta - ayudaban, consolaban y sanaban a los dolientes enfermos. Día y noche se les veía atendiendo a los paacientes en las salas de medicina, cirugía y de operaciones, curando úlceras, administrando medicinas y suturando heridas: Sor Magdalena, sor María, sor Elena y sor Inés, de la Orden de San Vicente de Paúl, vistiendo los incómodos hábitos de lana azul y las enyuquilladas cornetas, trabajaban hombro con hombro con una legión blanca, rosa y celeste de enfermeras, auxiliares y estudiantes.

Cuánta razón tenía el maestro cuando decía a sus alumnos: "Lo primero que hago al llegar a la sala de hospital, después de colocarme la gabacha, el mandil y lavarme las manos, es tomar la papeleta de un enfermo y leer la nota de la enfermera, pues en ella está la historia fidedigna del estado del paciente y la evolución de su enfermedad. Nadie como la enfermera o el enfermero - que permanece al lado del enfermo y conoce sus cuitas, dolencias y secretos - para saber cómo se encuentran su acongojado espíritu y su cuerpo atribulado". Decía bien el inefable Carlos Martínez Durán cuando repetía con Paracelso: "El principio supremo del arte de curar es el amor".

Fuente: www.sigloxxi.com


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