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La mano de manco
Por José Barnoya - Guatemala, 4 de septiembre de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

De un arcabuzazo, el turco le destrozó la mano izquierda al español. Sin gesto de rencor dijo "Gracias".

Para infortunio de los grandes, la frase clásica Descanse en paz no va con ellos, pues no gozan de esa anhelada paz después de muertos. Son los vivos los que se encargan de interrumpir esa bien ganada paz, con celebraciones y conmemoraciones del día en que nacieron, la noche en que fallecieron o el año en que publicaron. Ha sucedido con García Lorca, Neruda, y ahora con el pobre don Miguel de Cervantes. Con el pretexto de los cuatro siglos de la primera edición de El Quijote, asociaciones, academias y cenáculos han organizado foros, asambleas y debates sobre la genialidad del escritor y la trascendencia de sus letras.

Como no pude asistir a esos actos, preferí refugiarme en otras publicaciones para conmemorar los cuatro siglos de Don Quijote de la Mancha y la vida azarosa del manco de Lepanto.

Hace 30 años escribía Ramón Sender: "Don Quijote ofrece todos los matices de la virtud y el delito, de la estupidez y del genio, de lo grosero y lo sublime, estableciendo así la síntesis de tres religiones: el catolicismo, el judaísmo y el islamismo en un inmenso cuento alegórico". Juan Antonio Cabezas, por su lado, relata la muerte de Cervantes: diabético, delirando, la nariz afilada, amarillento, barba de varias semanas; igualito a su Quijote. Casi al mismo tiempo, Fernando Arrabal, desde el Viejo Continente habla de "La tercera mano de Cervantes" con la mejor de las ironías: "El dicho Miguel de Cervantes, fue condenado en 1569 a que con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha. Dice después que en sus Novelas Ejemplares, afirma don Miguel que perdió la mano izquierda de un arcabuzazo, expresando a continuación que si por algún modo alcanzara que la lección de mis novelas pudiera inducir a quien las leyera a algún mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí; preguntándose por último Arrabal: ¿Cómo logró don Miguel cortarse su miembro válido, de qué tercera mano disponía Cervantes?".

Fue en los años ochenta cuando el escritor Edmundo Valades, publicó en la revista El Cuento, cuatro cuentos salidos de mi estrecho caletre; uno de los cuales se titula El Manco de Lepanto. Tratando -como diría Maco Quiroa- de encontrar una nueva manera de repetir lo eterno, lo reproduzco en homenaje a quien hace cuatro siglos escribió esa obra que dio inicio a la novela moderna.

Era siete de octubre de mil quinientos setenta y uno. En pleno mar Mediterráneo luchaban dos armadas: la turca de Mehemet Sirico, contra la europea capitaneada por Juan de Austria. Musulmanes contra venecianos, pontificios y españoles.

Frente a frente, se encontraron un soldado turco con un español. De un arcabuzazo, el turco le destrozó la mano izquierda al español. Sin el menor gesto de rencor, el español dijo: Gracias; y con la mano derecha se puso a escribir El Quijote.

Fuente: www.sigloxxi.com


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