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Días tristes
Por José Barnoya - Guatemala, 25 de septiembre de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

Ese hermoso libro avivó en mí el recuerdo de tres días aciagos y tres fechas igualmente tristes.

Vistiendo saco oscuro y pantalón claro sostenido por tirantes claroscuro, Jorge Mario Alvarado puso en mis manos un libro relacionado con el centenario del genial Pablo Neruda, publicado en la Argentina para conmemorar los 25 años en Centroamérica de la compañía sudamericana Roemmers. Ese hermoso libro con escritos sobre el poeta chileno, de Cortázar, Borges, Carpentier, Aleixandre, Edwards, Vargas Llosa y el mismo Alejandro Roemmers avivó en mí el recuerdo de tres días aciagos y tres fechas igualmente tristes en este mes de septiembre.

Fecha aciaga la del 11 de septiembre de 1973: un golpe artero fraguado por un desleal y corrupto militar, Augusto Pinochet, traicionaba a Salvador Allende, el mismo que, confiando en su supuesta fidelidad lo había nombrado jefe de las fuerzas armadas de Chile. Notificado de la traición se refugió en el Palacio de la Moneda, en lugar de volar hacia el exilio. El presidente Allende era siquiatra; talvez por eso miles de balas paranoides decidieron cercarlo, bloquearlo y asediarlo. Agotada su resistencia y en un gesto heroico, un plomo digno y solitario hizo añicos hasta la última neurona de su cerebro de médico socialista y patriota insigne. La estatua del héroe Balmaceda fue testiga de la hazaña.

Diecisiete años después, reapareció el infortunio un martes 11 de septiembre. Myrna Mack, protectora de los desplazados internos, publicó el estudio: Política Institucional hacia el Desplazado Interno de Guatemala, y como ese trabajo no fue del agrado del Ejército decidió eliminarla. Salía de las oficinas de AVANCSO, cuando un sicario que cumplía órdenes estrictas de la jefatura militar, segó su vida de antropóloga honesta con 27 infamantes puñaladas.

El anhelado viaje hacia el sur llegó en 1995. Río de Janeiro, Iguazú, Buenos Aires, San Carlos de Bariloche, Nahual Huapi, puerto Pañuelo, lago Frías y de Peulla subir hasta Santiago. Después de persignarnos frente al Palacio de la Moneda, en homenaje al mártir Allende, nos fuimos hasta Isla Negra, en donde agonizó - asediado por dos terribles enfermedades, el cáncer y el militarismo- el poeta Pablo Neruda. De allí salió, abandonando caracolas, mascarones de proa, astrolabios y navíos enfrascados, en busca de la agonía a los pies del cerro de San Cristóbal en su casa de La Chascona, rodeado de libros, muñecas, peces, zapatos y botines, para morir un 23 de septiembre oyendo el repiqueteo de las metrallas y el ruido ensordecedor de los helicópteros, deleitándose con el último beso de su amada Matilde.

Prosternado frente a las tumbas de Matilde y Pablo, con el fragor del mar a mis espaldas, musité esta oración:

Sonriente Pablo Neruda
pensó, para descansar
el mejor lugar sin duda
es el oleaje del mar. Y así fue, con donosura
se transformó sin rencor
en arenas de ternura
y caracolas de amor
.

Fuente: www.sigloxxi.com


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