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Cataclismos
Por José Barnoya - Guatemala, 30 de octubre de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

Con la Luna llena que iluminaba el poblado, Pedro Cristal tuvo la visión clara del volcán, más esbelto que nunca.

Como era maestro de los de antes, don Panchito Guzmán no se limitaba a su asignatura y enseñaba de todo. Fue por él que aprendimos que los cataclismos no sólo eran trastornos producidos por el agua sino que también podían ser trastornos de orden social o político.

A lo largo de más de 70 años nos ha tocado sufrir terremotos, tormentas tropicales, inundaciones y otras catástrofes. La más reciente y devastadora, la que acompañó al huracán Stan que, tratando de emular a sus congéneres se ensañó con pueblos pobres y aldeas menesterosas de esta tierra. Tzanchaj y otros humildes cantones tz´utujiles sufrieron la agresión de estos cataclismos naturales. Cuando leí el nombre de Panabaj - soterrada por aludes y deslaves - recordé un cataclismo antinatural, político y social que asoló esa aldea hace 15 años.

Pedro Cristal con sus 13 años vivía con su familia en Panabaj, donde un rancho, un chucho, tres gallinas y un gallo, el azadón y el sembradío, la atarraya y el hilo de pescar, la iglesia y el campo de futbol, el cayuco y el lago eran su mundo. Pero el volcán de San Pedro imponente y esbelto era lo que más lo asombraba al despertar. De mañana se reflejaba en la transparencia del agua, y por la tarde refulgía entre los arreboles del cielo. Ensimismado ante su triángulo perfecto, platicaba con él cada vez que levantaba el azadón. Acuclillado en el cayuco, lo veía desaparecer cuando hundía el remo, y reaparecer grandote cuando levantaba el remo del agua. Los domingos al finalizar la misa lo vislumbraba a través del portón de la iglesia y ya en el campo de futbol, cuando se aproximaba a la portería con la pelota remendada entre los pies, solo miraba a su amigo el volcán que estaba al fondo, sin fijarse en el cuate que hacía de portero.

Esa noche del 2 de diciembre de 1990, la campana de la iglesia convocó a los pobladores de Panabaj para que se hicieran presentes en la plaza, pues como les habían escamoteado sus tierras, tenían que protestar y hacer valer sus derechos de propiedad.

Con la Luna llena que iluminaba el poblado, Pedro Cristal tuvo la visión clara del volcán, más esbelto y más imponente que nunca. Así lo atisbó esa madrugada, cuando el Ejército formó un cerco alrededor de su pueblo.

De pronto, un fogonazo traicionero, una ráfaga de ruindad y un estallido de incomprensión brotó de las bocas de los fusiles, sacándolo de su embeleso. Un inmenso tocoyal de sangre cubrió el volcán desde el cráter hasta las faldas del volcán, anegando al cantón Panabaj de Santiago Atitlán.

Quince años más tarde, Pedro Cristal y compañeros, muertos por el plomo y la metralla de un cataclismo antinatural, recibían en el inframundo a las víctimas del agua, el lodo y la piedra de otro cataclismo de la naturaleza. Los pobres sufrían por enésima vez los embates de la fuerzas del mal.

Fuente: www.sigloxxi.com


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