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San Juan Ixcoy
Por José Barnoya - Guatemala, 7 de noviembre de 2005
barnoyap@intelnet.net.gt

Al trasponer la reja principal enfilábamos por la calle central, dejando atrás la tumba de Pepe Milla.

Cuando le suplicamos que nos dejara presenciar el rito de elaboración del plato del Día de los Santos, ella puso como condición que nos dejaría entrar a su comedor, si la acompañábamos después a visitar a sus difuntos. Cuando llegamos de mañana, la mesa del centro estaba repleta de ingredientes. Invadiendo el lado izquierdo: chorizos negros y colorados, butifarras, salchichas, longanizas, jamón, pollo, pescado y sardinas en aceite flanqueaban a una sensual lengua salitrada. El lado derecho estaba reservado para las verduras: zanahorias, ejotes, pacayas, bróculi, coliflores y lechugas siempre listas para iniciar una danza ritual con arvejas, cebollas y un arrogante chamborote. En una olla de barro de San Luis Jilotepeque, entre el caldillo, mezcla de mostaza, vinagre y jengibre sobrenadaban a sus anchas: legumbres, carnes y embutidos. Cuando Ella bendecía el fiambre, rociándolo con queso seco, era señal para que las chirizas suspendieran su ayuda, y los patojos terminaran de pellizcar lengua y chorizos. En ese momento daba la orden de salir para el camposanto.

Al trasponer la reja principal enfilábamos por la calle central, dejando atrás las tumbas de Pepe Milla y el poeta Cerna. Casi enfrente del nicho de Nacho Zamora, el difunto que inauguró el cementerio en 1881, doña Luz platicaba un rato con el hermano que le había dejado la pacaya de cinco críos. El paso de los años, la enfermedad, la violencia y el infortunio alargaron el recorrido extendiéndose a múltiples tumbas y a varios cementerios. En el Cementerio General empezamos a merodear entre tumbas de abuelos, tíos, padres, hermanos y amigos entrañables, lo mismo que hemos venido haciendo en las Flores, la Villa y los Cipreses. Estaticias para Mario López y Consuelo la hermana; inmortales para Pancho y Oliverio; cartuchos para Alfredo y su hijo; tigrillos para el Seco y Adolfo; desperdigando en todos, oraciones, suspiros, nostalgias y peticiones. Guiados por el olor a jengibre se inicia el retorno hacia el lugar en donde espera en el centro de la mesa, una apetitosa montaña democrática de fiambre colectivo. Un montón de bocas de viejos, jóvenes y chirices arrasan con todo; sólo un chile chamborote agoniza en un charco de caldillo.

La visita de este día de Santos y Difuntos se prolongó hacia el lago de Amatitlán. Guiados por el penacho blanquecino que coronaba el Pacaya, llegamos hasta la antañona laguna. Desde el taller en donde el artista creó sus mejores lienzos, se divisaban tres chalupas, las mismas que el año pasado esparcieron sus restos entre el oleaje acogedor. En el instante en que el difunto Marco Augusto Quiroa se transformaba en el Santo Juan Ixcoy, se escuchó la plegaria de La Última Pintura:

la laguna entre sonrisas
le dio un beso a la canoa
bendiciendo las cenizas
de Marco Augusto Quiroa.

Fuente: www.sigloxxi.com - 061105


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