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La Avenida principal
Por José Barnoya - Guatemala, 7 de enero de 2007
barnoyap@intelnet.net.gt

La sexta avenida se ensangrentó cuando la Policía liberacionista masacró estudiantes.

Estuve por primera vez en la sexta avenida cuando un 10 de noviembre de 1938 —cumpleaños de Ubico— presencié el final de la maratón que desde la cima del Tajumulco, finalizó en Casa Presidencial. Un indígena fatigado y sudoroso con el nombre de Caballero Quetzal, llegó el primero hasta los pies del General para que el dictador le ofrendara, como premio, su mano ensangrentada para que la besara. Tres años después presencié la final de la carrera de ciclismo que, saliendo de Honduras, pasó por San Salvador y terminó en Guatemala. Confundido entre la multitud alcancé a ver en las esquina de la octava calle y sexta avenida, la efigie del campeón Fraterno Vila.

La sexta avenida fue modernizándose: de la octava a la dieciocho calle, se colocaron en fila, a uno y otro lado: La Empresa Eléctrica, la zapatería Nueva York y el hotel Pan American, en el poniente; el Salón Palacio, Biener, Mi Amigo y La Perla en el oriente. Caminando hacia el sur aparecieron como por encanto: El Cairo, Eichenberger, las farmacias gemelas: Pasteur y Providencia; la Marquesa, Kodak, Schacher, Edwards, los Pantalones que marchan solos, y los cines hermanos, Capitol y Palace, con su luneta, palco y galería; el Roxi; la pequeña Santa Clara enfrentando a la monumental San Francisco con su sentencia: Deo óptimo máximo, ostentando a su vera el único manchón: el mamotreto prepotente de la Policía Nacional. Mirando hacia la dieciocho calle, el parque La Concordia, al que no pudo sustituir el nombre del afrancesado Gómez Carrillo.

Fue en 1941 cuando transité con los alumnos del Colegio La Juventud vistiendo uniforme de gala. Se conmemoraba, ese 30 de junio, un aniversario más de la Reforma Liberal de 1871. Como la sexta avenida había sido tapizada con arena para que no se resbalaran los caballos del dictador Ubico y los militares de su Estado Mayor, el recuerdo triste que dejó el desfile, fue la arena y las ampollas dentro de los botines. Volví a la sexta avenida, ya como sancarlista, cuando nos apostábamos en las esquinas de la octava, novena y décima calles, para florear a las bellas alumnas de los colegios Inglés, Belga, Liceo Francés y el Instituto de Señoritas Belén.

En esos años la sexta avenida no sólo se alegró con los desfiles de la Huelga con la Chabela —nagual de los universitarios de la Universidad de San Carlos—, comparsas, pancartas y carrozas alegóricas; también se ensangrentó cuando la Policía liberacionista masacró a los estudiantes un 25 de junio de 1956.

Ese ha sido parte del vía crucis de esa hermosa avenida otrora orgullosa de sus bellos almacenes, su limpias aceras y su nítido asfalto, y que ahora han borrado champas, inmundicias y basura; esa diáfana avenida principal que vivió momentos de esplendor y de gloria desde que fue trazada, hace más de doscientos años, y que trata de resurgir como el ave fénix de sus cenizas antañonas.

Fuente: www.sigloxxi.com


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