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Don Dinero
Por José Barnoya - Guatemala, 21 de enero de 2007
barnoyap@intelnet.net.gt

Rasgó el sobre sólo para comprobar que en lugar del incisivo de marfil estaba una ficha refulgente.

Dinero, plata, pisto. Sólo de eso se habla en este deteriorado planeta. Crecen los niños, con la idea de que sin él no es posible vivir ni lograr nada.

Las niñas van a la escuela sólo con lo necesario. Una gabachita para no ensuciar el vestido; la lonchera con un vaso térmico con rosa de jamaica, galletas, si al caso un emparedado. Un pequeño estanquillo con chocolates, gomas de mascar, chicharrones de plástico, tostadas, las espera al salir a recreo. Todos ven con sorpresa cómo la amiga regordeta abre su monedero y aparece entonces, como por arte de magia, un billete verde: de un lado el ave símbolo volando bajo, como siempre; refulgentes las estrellas de un chafarotón; glifos y más glifos; en la otra cara los dos, cuatro, 14 pisos del edificio que guarda el dinero que recibimos de prestado. Con asombro, van viendo las compañeras cómo desaparece el billete convertido en caramelos, paletas, nachos.

Como es contagiosa la ambición suplica la niña: - Queremos un quetzal para comprar dulces en el colegio —la mayor se hace trencitas con el pelo—. Ustedes creen que estamos sentados en pisto – la madre arregla los cuadernos mientras le saca punta al lápiz, revisando las tareas. Las niñas se imaginan a los padres acariciándose sobre un volcán de dinero.

El primer signo de que los patojos crecen es la aparición de los dientes. Una tarde al regresar de la escuela, la niña nota que uno de los dientes de arriba está flojo, a punto de caerse. Haciendo pinza con el índice y el pulgar lo zarandea de un lado al otro, de arriba para abajo. Por la noche, coloca el diente de leche ensangrentado dentro de un sobre en el que escribe con letra tosca: "Ratón: hoy se me cayó este diente. Espero la recompensa".
A la mañana siguiente la niña se levantó más temprano que de costumbre, sin esperar la chicharra del despertador. Eran las seis de la mañana y ya las manos hurgaban debajo de la almohada. Pesaba más el sobre que cuando había colocado en su interior el diente. Rasgó el sobre sólo para comprobar que en lugar del incisivo de marfil estaba una ficha refulgente como el oro. La niña, inocente, ingenua, sin saberlo había trocado el marfil por el metal de una vulgar moneda.

Con el relato del diente y la moneda, resucita el recuerdo de sucesos aciagos: las quiebras de bancos empresariales, promotores y metropolitanos; los trinquetes, trápalas y escamoteos de dinero de bancos del café; causado todo por la ambición desmedida, los malos manejos e impunidad descarada de dueños, directivos y socios.

Es el genio de Don Francisco de Quevedo, quien termina diciendo: "Todo es hipocresía, pues llaman trato a la usura y burla a la estafa. Madre, yo al oro me humillo: él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado, anda contino amarillo; que pues doblón o sencillo, hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es don dinero".

Fuente: www.sigloxxi.com


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