Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 4 - 2007

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Como siempre
Por José Barnoya - Guatemala, 28 de enero de 2007
barnoyap@intelnet.net.gt

La búsqueda era infructuosa, pues las armas de alto poder no aparecían por ningún lado.

Hace 76 tunes, la voz anónima llegó arrastrándose hasta los pies del dictador Ubico: - Vengo a decirle, Señor Presidente, que ya dimos con el lugar en donde están escondidas las armas; las armas nacionales que desaparecieron hace poco; las mismas que servirían para la insurrección que intentaría interrumpir su recién inaugurado Gobierno democrático. Un servidor leal al Gobierno vio cuando las entraban de madrugada a una casa situada en la octava calle frente la iglesia de Santa Rosa, habitada por un médico que, siempre se ha opuesto al Ejército y anda hablando mal del Gobierno, diciendo que es el inicio de una dictadura.

- Si es el mismo en el que estoy pensando —un mechoncito de pelo le cayó sobre la frente al General, mientras golpeteaba con su fuete sus lustrosas botas federicas de cuero auténtico — pertenece a una familia de conspiradores, pues en casa de su padre, allá por La Merced, estuvieron escondidos los terroristas que atentaron contra el presidente constitucional Manuel Estrada Cabrera en 1907. Además, él y sus hermanos se han burlado en un pasquín obsceno llamado No Nos Tientes no sólo de los presidentes Orellana y Chacón, sino que también de la noble institución armada. Es una orden: vayan, cateen y encuentren las armas subversivas.

No estaba claro si estaba anocheciendo o estaba por amanecer ese último día de enero de 1931. Los toquidotes insistentes en la puerta de calle acallaron a los tañidos de la campana volteadora de la iglesia que fue palacio arzobispal. Detrás, venía una patrulla de soldados y judiciales comandada por un oficial que, abusivamente, sin siquiera mostrar la orden de allanamiento, entró primero a la clínica del galeno en donde hurgaron entre jeringas, sondas y libros sin encontrar nada. Luego, en la sala buscaron hasta bajo la túnica del Señor de Candelaria, la radiola de manivela, las cortinas, fotografías del abuelo y las escupideras. Nada. Revolvieron después colchas, sábanas, almohadas, calzones y zapatos del cuarto de las niñas. La búsqueda era infructuosa, pues las armas de alto poder no aparecían por ningún lado. Sólo una habitación faltaba por registrar. La abuela pequeña, pero terne, se plantó frente a la puerta: - Aquí si no entran, señores. Una madre acaba de parir a un niño. Se colaron a pesar de la advertencia para encontrarse con una señora amamantando a un patojo esmirriado, más pellejo que carne, más cabeza que cuerpo, más orejas que cara, que berreaba asustado al sentir el frío de los fusiles. Ni señas de las armas.

Ya viejo el chirís, un silbatazo le marcó el alto y el ojo de una metralleta lo hizo orillarse. El jefe y los soldados registraron la guantera, el baúl y los asientos del pequeño vehículo, luego le hurgaron hasta las orejas sin encontrar nada. Ni rastro de las armas, como siempre. Lo mismo que sucedió hace 76 años.

Fuente: www.sigloxxi.com


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.