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La patria del poeta
Por José Barnoya - Guatemala, 4 de febrero de 2007
barnoyap@intelnet.net.gt

Digan lo que digan, Julio Fausto Aguilera sigue siendo auténtico poeta.

Con el despertar del año llegó la noticia: “Las clases empezarán con una semana de anticipación, el día 7 de enero y no el 15 como se ha acostumbrado, dado que las elecciones generales se llevarán a cabo en septiembre y no en noviembre”. La noticia fue recibida con alegría por la mayoría de patojos, con enojo por un dirigente magisterial que hace rato no ejerce su profesión —talvez para beneficio del alumnado—, y por un grupito de maestros que deseaban una semana más de remoloneo.

Ese día el bullicio de los chirices inundó calles, avenidas y callejones; a pie o en camioneta los patojos se arremolinaban a la entrada de colegios y escuelas tratando de ingresar los primeros. Por el norte, el sur, el occidente y el poniente, se escucharon los tañidos de las campanas destempladas de las escuelas de Cobán, Quetzaltenango, Escuintla y Jalapa, llamando a clases.

En la escuela de Monjas, cuando ya la bandera está en lo alto del mástil la directora lee en lugar del Juramento a la Bandera, el poema La Patria que yo ansío de Julio Fausto Aquilera. Al recordar al poeta regreso a la novena avenida y me cuelo a la librería Homero, vecina a un muladar que alberga a un montón de poltronas inservibles. Es Tono Brañas quien me ofrenda el libro: Guatemala y otros poemas de Aguilera, Villatoro, Arango y el mismo Brañas. Salgo de ahí con el autógrafo y el apretón de manos de Julio Fausto, asiduo visitante de la librería.

Después de tanto tiempo se puso amarillento su poema Matiz que siempre me hace vislumbrar el cielo como un quiebracajete inmenso. Lo mismo me sucedía con el quetzalote de piedra que en la carretera rumbo a Escuintla me hacía recordar la estrofa de Aguilera: Soy una pluma roja en el pecho del quetzal. Dirán algunos que el poeta es antipatriota cuando dice que esta tierra es la demente del mundo; dirán que no ama la vida cuando afirma: Almuerzo con la muerte, con ella bebo, a mi lado se sienta. Digan lo que digan, Julio Fausto Aguilera, viejo y recluido en un mísero asilo de ancianos, sigue siendo auténtico poeta como Luis Alfredo Arango, José Luis Villatoro, Manuel José Arce y Paco Morales Santos.

Termina el acto de iniciación de clases cuando los alumnos dicen en coro:

“La patria, la que sueño, es un plantío
donde triunfa el tractor, triunfa el arado
y un enjambre de brazos no se alcanza
cosechando los frutos y los granos.

Esta es la patria: ésta es la que me mata.
La que vida me da con estos cantos.
¡Que no sé si son cantos o son lloros
porque tanto la espero y tarda tanto!”.

Rodeado por ancianos venerables, ensoñando desde una silla de pino, el poeta Julio Fausto Aguilera le susurra a su compañero, el inmenso volcán de Agua mientras recibe el sol antigüeño: Si escribo no me publican; si me publican no me leen; si me leen no me entienden; y si me entienden se hacen los babosos.

Fuente: www.sigloxxi.com


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