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Libros usados
Por José Barnoya - Guatemala, 13 de febrero de 2007
barnoyap@intelnet.net.gt

Eran aquellos dorados tiempos en que no nos había invadido el mercantilismo neoliberal.

En Prensa Libre de enero 19 de este año, venía el texto a página completa de Lucy Calderón: Tesoro Perdido sobre libros de texto usados. Con letra clara y legible asienta la ágil periodista: “La adquisición de libros usados de texto escolares debería ser buena alternativa para ahorrar dinero, pero no lo es porque cada año los establecimientos educativos piden nuevos títulos haciendo que la oportunidad de reutilizarlos sea casi nula”. En contraste, continúa diciendo la reportera: “en algunos colegios de prestigio que hay en la capital, y que son financiados por gobiernos extranjeros del primer mundo, los estudiantes reciben libros de texto que han sido usados por varias generaciones anteriores ya que les inculcan la importancia de cuidarlos y el valor que estos poseen por sí mismos”.

Y esa era la costumbre hace más de 60 años, cuando el coletazo de la crisis que sufrió el Imperio en 1929 golpeó a esta tierra. Para colmo de males, la dictadura liberal y militar de Jorge Ubico agravó la situación económica de las clases media y baja del país.

En esas circunstancias de estrechez y apretura fue como iniciamos los patojos de esa época la difícil andadura por la educación y el aprendizaje. En ese tiempo los colegios privados no cobraban cuotas elevadas y las escuelas públicas no sólo eran baratas sino que ofrecían una educación de primer orden, pues eran los mismos maestros los que atendían lo público y lo privado.

Tuve la suerte, eso sí, de tener dos hermanas que me antecedían y que tanto en la primaria como en la secundaria me fueron cediendo sus libros de texto; libros que por ser usados eran más valiosos que los nuevos, pues en ellos me encontraba la mayor parte de las veces con acotaciones, explicaciones y hasta correcciones de los dueños anteriores.

Así como guardo en la memoria los nombres de los nobles maestros que me enseñaron en la primaria, la secundaria y la universidad, así guardo también como oro en polvo en mis anaqueles los libros en los que abrevé conocimientos. Como las hermanas mayores estudiaban en el Instituto para Señoritas Belén —el mismo en el que se graduó mi madre de bachiller y maestra— y como en ese plantel se estudiaban las mismas asignaturas que en el Instituto Central para Varones, nunca tuve que comprar libros nuevos y pude entonces estudiar en libros usados que en general estaban en buen estado, bien encuadernados y sin estragos de polilla en sus páginas.

Así fue como pude estudiar en libros buenos como: la Geografía de Vicente Rivas; la Historia de José Antonio Villacorta; la Anatomía de Orestes Cendrero y la Botánica de Ulises Rojas. Eran aquellos dorados tiempos en que se leían libros usados y no nos había invadido el mercantilismo neoliberal con sus cuotas elevadas, bonos sin retorno, alquiler y compra individual de libros nuevos de pésima calidad.

Fuente: www.sigloxxi.com - 110207


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