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Destrucción absoluta
Por José Barnoya - Guatemala, 20 de mayo de 2007
barnoyap@intelnet.net.gt

Lástima, eso sí, que la noticia hacía referencia a la destrucción de armas oxidadas.

“Ayer, en la CSJ fueron destruidas más de 1000 armas de fuego. El óxido era visible en los artefactos que alguna vez fueron decomisados por las fuerzas de seguridad que se utilizaron como medios de prueba en la CSJ, y que se encontraban en custodia judicial desde hacía más de 16 años” , relataba la prensa.

Al terminar la actividad dijo el Presidente de la República: “- Quisiéramos poder vivir sin las armas” – y con una almádana se puso a destruir armas ya inutilizadas.

Lástima, eso sí, que la noticia hacía referencia a la destrucción de armas oxidadas y antiguas, y no a la supresión de armas modernas y de alto poder que están en manos y son usadas por secuestradores, narcotraficantes, militares, diputados, funcionarios, mandamases y demás poderosos.

Al enterarme de esa pantomima de despistolización y ese remedo gubernamental de destrucción de armas recordé un mensaje que hace muchos años dirigí a un Gobernador mexicano.

Apreciable Agustín Yáñez: lo trato así pues aunque nunca nos presentaron, sí lo considero amigo desde que leí su novela Al Filo del Agua, ya que el pueblo que usted describe en ese librazo se parece mucho al mío cuando dice: “Entre mujeres enlutadas pasa la vida, llega la muerte o el amor. El amor que es la más extraña forma de morir; la más peligrosa y temida forma de vivir el morir”. Me identifiqué luego con el padre Reyes que se pregunta al final: “¿Por qué no ha de ser la Revolución el instrumento de que se sirva la Providencia para realizar el ideal de justicia y pureza, inútilmente perseguido por este cura?”.

Pero lo que más admiro de usted es que, siendo Gobernador de un Estado mexicano, decidió hacer algo que —me atrevería a decir— ninguno había realizado. No sé cuánto tiempo le tomó hacerlo: horas, días o semanas; lo cierto es que logró desarmar a toda la población, civiles y militares; juntando en pleno Zócalo a toda esa chatarra mortífera compuesta por armas de todos los calibres, prohibidos y no prohibidos.

Yo quisiera pedirle un favor si aún vive: véngase un rato por esta tierra y haga un recorrido por mansiones y edificios, oficinas públicas y privadas; camionetas y picops, vehículos de lujo y pichirilos, garitas, casetas, baúles, guanteras, almenas, buhardillas, sótanos; poltronas y curules; bares y cantinas; hoteles y moteles; busque hasta en el último resquicio y hurgue usted en bolsas, cartucheras, sobacos y sostenes en busca de rifles, pistolas, metralletas, galiles y bazucas.

Ojalá, maestro Agustín Yáñez, pudiera repetir la hazaña que llevó a cabo en el Zócalo de su querida tierra cuando usted fue gobernador.

Déjese venir desde donde se encuentre y desarme a todos: funcionarios y poderosos, diputados y ministros, genocidas y fratricidas, ladrones tatuados y banqueros fugados; corruptos y de los otros. Hágalo por esta patria que no termina de desangrarse.

Fuente: www.sigloxxi.com - 270507


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