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Hilando en la memoria
Por José Barnoya - Guatemala, 22 de julio de 2007
barnoyap@intelnet.net.gt

Llega Neruda con un beso solidario para las poetas mapuches, cantando a los araucanos.

Mi amistad y admiración por la República de Chile se la debo a la dictadura y a un autócrata llamado Jorge Ubico, chafarote que en 1931 accedió a la Presidencia de Guatemala para iniciar una satrapía que duró largos 14 años. Fue en ese año de 193l que suprimió violentamente la Huelga de Dolores y obligó a varios estudiantes universitarios a exiliarse en ese culto país austral.

Uno de esos estudiantes —el tío Francisco— buscó cobijo primero en la Universidad de Chile y luego en el corazón de una guapa chilena. Y fue por revistas que él enviaba desde Santiago que tuve la oportunidad de leer a cuatro grandes de la poesía universal: Mistral, la del Himno de las Escuelas; Neruda, el del Canto General; Huidobro, el de Altazor y Parra, el de los Antipoemas.

Bajo los muñones de la cúpula entre las ruinas de San José el Viejo, en la antigua ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, Allison —hermana de Brooke, esposa del hijo Joaquín— puso en mis manos una joya de la cultura mapuche: Hilando en la memoria, un bello y lacerante poemario de siete mujeres mapuche, que devoré esa misma noche a la sombra del volcán de Agua y alumbrado por la luna de enero.

De entrada me conmovieron los versos de Maribel Mora: Canto a mi madre y Atrás quedaron los cantos, en donde se escucha un clamor: “Nada tiene sentido a esta hora. Ebria la noche en mi cerebro, trastocada mi razón te busca ¡Oh muerte! Compañera nuestra de cada día”. Detrás se vendría una marejada de prosa y verso que se grabaron en mi flaca memoria.

Me deleité después con las estrofas de Graciela Huinao: Mujer, Eltun y Salmo 1492; para luego llegar a las lágrimas con: La máscara del hambre, Luto infantil y el Patas Verdes. Avanzando y retrocediendo —para memorizar los versos— me fui adentrando en los Instintos de Faumelisa Manquepillan, y en las cadencias de María Teresa Panchillo: Qué diré mañana, Lautaro, Lefxaru, que no es otro que el vencedor de Valdivia y ese doloroso: Calibre 2.568 que me hizo rememorar los cruentos y aciagos días de exterminación de aldeas en nuestro altiplano indígena.

En fin: Los Parias de Adriana Paredes Pinda y Las Serpientes de Sal de Roxana Miranda Rupailaf, me confirmaron que la poesía mapuche es de excelente calidad, vive intensamente y es legítima y auténtica. Es la misma Roxana la que exclama: “Hay represiones a las que agacho la cabeza esperando que el desastre pase entrándome en todos los silencios. No son estos los gritos de protesta y estoy ronca de caerme contra el viento. Hay represiones en las que me muero. Ojos negros enterrados en lo negro”.

Desde Isla Negra hasta Atacama, la tierra de los Mapuches, llega Neruda con un beso solidario para las poetas mapuches, cantándole a todos los araucanos: “La sangre toca un corredor de cuarzo. La piedra crece donde cae la gota. Así nace Lautaro de la tierra”.

Fuente: www.sigloxxi.com


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