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Un voto razonado
Por José Barnoya - Guatemala, 2 de septiembre 2007
jbarnoya@sigloxxi.com

Lo que voy a ejercer lo hago, no por mí, sino por los patojos que vienen atrás.

El infortunio se presenta cada cuatro años cuando está cercana la fecha de nuestras amañadas elecciones en donde manda el que tiene la plata y traga más pinol el que tiene más saliva. Por eso es que en estos días pienso en el futuro de los nietos, así como hace más 30 años medité acerca de lo que les esperaba a mis hijos.

Cuando observo con desagrado las efigies grotescas de los candidatos; cuando me cubro las diminutas orejas para no escuchar los falsos sonsonetes de la propaganda partidista; cuando me tapo las fosas nasales rechazando el tufo mefítico que deja el aliento, los eructos y los cuescos ofensivos de las ofertas inútiles de los aspirantes a puestos públicos, pienso angustiado en el futuro siniestro que le espera a la juventud de esta tierra.

Hurgo entonces en la gaveta en la que guardo cachivaches inservibles, en busca de los documentos que todavía me identifican como ciudadano capaz de elegir y ser electo. Detrás de las páginas en las que constan nombres, rasgos, defectos y otras gracias, aparecen fechas ominosas que dan cuenta de las veces en las que he ejercido inútilmente el sufragio, siempre a favor de candidatos perdidosos.

Después de cotejar el número de empadronamiento en la lista interminable de votantes, me voy de mañana en busca de la mesa en donde frente a la Junta Electoral compuesta por presidente, secretario y fiscales, legajos de papel, tinteros, plumas y papel higiénico, voy a depositar los votos en bolsas de plástico grandes y a lo mejor sin fondo. En una esquina, una mesa que oculta en apariencia hasta el más leve movimiento de la mano, espera a los sufragantes.

Creo que soy el último en la fila de incautos y después de una hora soy el primero en encontrarme frente a la mesa de elecciones. Lo que voy a ejercer y estoy a punto de hacer, lo hago no por mí, sino que por los patojos que vienen atrás: tomo con firmeza un trozo de crayón, hago una equis precisa y nítida sin salirme del marco en el lugar que eligió mi conciencia. Zambullo uno de los dedos dentro del tintero, y veo cómo el dedo manchado mira con vergüenza a sus compañeros inmaculados.

Regreso a casa con los nietos y su juventud en el pensamiento. Que más da —reflexiono— si alguien dice después que el papelucho que marqué no tiene validez; porque la equis se salió del marco; porque la hoja estaba mal doblada; porque no estaba claro el color rojo; porque ese voto se quedó en el fondo de la bolsa y alguien con malicia lo dejó olvidado. ¡No importa!. Lo cierto es que ese día – llueva, truene o relampaguee – voy a dejar con mi último entusiasmo, una equis indeleble y auténtica sobre la fértil mazorca campesina. Lo voy a hacer no sólo por los nietos sino que por todos los chirices de esta tierra que, se merecen desde hace muchos años, un futuro halagador pleno de justicia, equidad y bienestar integrales.

Fuente: www.sigloxxi.com


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