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Voces inolvidables
Por José Barnoya - Guatemala, 23 de septiembre 2007
jbarnoya@sigloxxi.com

La música pasó a ser un alimento importante para nuestro espíritu de patojos.

Fue hace más de setenta años que, la voz fuerte de un tenor se cobijó para siempre en la memoria. Estábamos terminando de cenar cuando desde la vecindad llegó la voz de don Pepe, el abuelo materno, quien desde su cuarto oscuro donde revelaba fotos, cantaba un aria de Marina, la ópera española. A los pocos minutos, la abuela con los ojos nublados por el llanto nos avisaba que el esposo se había desplomado sin terminar el canto. Esa tarde, celebré mi cuarto aniversario arrodillado ante los cuatro cirios que flanqueaban el cuerpo del abuelo.

Fue ese día de luto y cumpleaños que, la voz inolvidable del abuelo pasó a través de los vericuetos del oído y se adhirió para siempre en las circunvoluciones del cerebro destinadas a la música; la primera de las artes como la llamó Walter Pater. De ahí en adelante, la música pasó a ser un alimento importante para nuestro espíritu de patojos.

Cuando mi tata vio el pelajal que casi cubría las orejas, me entregó veinticinco centavos enviándome directo a la barbería Londres en donde Jorge Figueredo —un melómano empedernido— me trasquilaría. Mientras el fígaro podaba las greñas alborotadas, escuché que de la ortofónica brotaba una voz melodiosa. Al terminar su trabajo, me aclaró don Jorge: “Es Caruso, cantando Vesti la Giubba de Payasos. Que no se te olvide patojo”.

Una tarde de septiembre, mi tata nos mostró un cajón de madera que dijo había comprado a plazos. Era una ortofónica de manivela. Abrió la tapadera y colocó un disco en un plato giratorio. Súbitamente, una aguja metálica empezó a transitar por los fértiles surcos de la periferia al centro. Para nuestra sorpresa, de un solitario altavoz empezaron a brotar voces de sopranos, tenores, contraltos, barítonos, mezzosopranos y bajos.

Cada tarde de sábado, la sala se llenaba con arias y coros de óperas que nos entusiasmaban con sus voces. Quedaron indelebles las voces femeninas de la Ponselle, la Galli-Curci, la Pons, la Tebaldi, la Callas, las Cuevas, las Andreu, las Rodríguez Cerna; y las masculinas de Andreu, Rivera, Quezada, Pinzón, Molina, Yela y Sandoval.

El primer gobierno de la Revolución estaba en su apogeo cuando el Maestro Miguel Sandoval, inauguró la temporada de ópera. Esa tarde, después de pagar los cincuenta len varios instituteros nos encaramamos hasta lo alto del gallinero del Capitol, donde sentados sobre tablas de pino nos deleitamos con las voces de Irma González, Giulio Gari, Daniel Duno y Humberto Oliva cantando Madame Butterfly.

Para nuestro infortunio, las voces estridentes de los políticos trataron de opacar las voces de los cantantes legítimos. Llegaron en nuestro auxilio Luciano Pavarotti, y su padre, quienes desde la catedral de Módena llenaron el ámbito del mundo con el Panis Angelicus, borrando de una vez, las voces desafinadas de los políticos desfachatados.

Fuente: www.sigloxxi.com


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