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Manos, miradas y sonrisas
Por José Barnoya - Guatemala, 7 de octubre 2007
jbarnoya@sigloxxi.com

Con dificultad discurro por una callejuela flanqueada por los churros de Leticia y Mario.

Cuando conocí a La Chepona, la campana mayor de la Catedral, repicaba lamentos y no la sonrisa que acostumbrábamos escuchar para el día de Corpus. Esa tarde en lugar de peras, tayuyos, micos y palomas, sólo había luto, lamentos y lágrimas por el obispo Durou, quien había pasado a mejor vida. Entramos por la nave de la izquierda, en donde reposaba Monseñor con la cabeza viendo hacia un altar que presidía una imagen que según dijo mi madre, era la Virgen del Socorro. Así la conocí: pequeña, las manos delicadas, tierna la mirada, sonriendo a través de sus labios finos. El índice y el medio de su mano derecha separados, mientras el niño acariciando el seno, busca con avidez la leche que habrá de hacerlo hombre.

Se apareció después la de Chiquinquirá, a la entrada de La Merced, en donde siempre ha presidido el altar mayor la virgen de Mercedes, morena, chaparrita, risueña y bondadosa. Subiendo por un amplio graderío se llega a la ermita que por muchos años cobijó a Nuestra Señora del Carmen, a la que secuestraron con todo y corona, niño y peana con luna en cuarto menguante, varios rateros irreverentes.
La costumbre de llamarles Señoras, viene desde el día en que vimos a la abuela Luz encendiendo una vela a la Virgen de la Expectación, soportando un embarazo de 9 meses, orgullosa de llevar al Hijo en sus entrañas.

Cada primero de octubre, la cohetería y las bombas de mortero anuncian la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Año con año sigo la rutina de persignarme por un instante ante el bronce que en la encrucijada de las doce (calle y avenida) recuerda el martirio de la antropóloga Myrna Mack, asesinada por los sicarios de siempre. Son testigos, Sonia y Rubén Darío, custodiadores de carros.

Con dificultad discurro por una callejuela flanqueada por los churros de Leticia y Mario; las batidas de la añorada doña Vilma; el atole con granitos de maíz de doña Paca; la pepitoria de Chico Par; las garnachas de Fredy; los chilacayotes de doña Lina y los tamales de arroz de doña Sofía.

El aroma de la cera, el incienso y la mirra me guían hacia el rincón en donde doña Amanda ofrenda candelas y veladoras. Como es costumbre, merco tres veladoras que van a iluminar por unas horas, las manos, la mirada y la sonrisa de la Patrona.

Al sol de la tarde lo toma desprevenido una llovizna fina. En ese momento aparece un esplendoroso arco iris perfecto. Oigo una voz maternal que sale del rincón de Santo Domingo, que cuchichea: - Cuando llueve con el sol poniente, es señal manifiesta de que se está bañando la virgen -. Veo con sorpresa que en cada uno de los colores del arco iris están bañándose las Señoras: del Socorro, de Chiquinquirá, de Mercedes, del Carmen, de la Expectación y la auténtica del Rosario.

Un rocío de manos generosas, miradas bondadosas y sonrisas candorosas cae sobre el pueblo ávido de justicia.

Fuente: www.sigloxxi.com


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