Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 4 - 2007

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Visión de ternura
Por José Barnoya - Guatemala, 15 de octubre 2007
jbarnoya@sigloxxi.com

Protegidos por un toldo, un grupo de no videntes cuenta con su propio espacio.

Como la cita era para las tres de la tarde, hice un alto para contemplar el hermoso altorrelieve de Efraín Recinos que exorna el frontispicio de la Biblioteca Nacional. A la vuelta, la puerta de la Biblioteca Braille, en donde Rafael Montoya, me hace pasar a un confortable salón en el que varios anaqueles lucen libros hablados y varias computadoras son manejadas hábilmente por gente privada de la luz externa, pero poseídos de una luz interior de la que carecen muchos videntes.

Cerca de veinticinco mujeres y hombres leen con los dedos principales las letras que el pedagogo francés Luis Braille —ciego desde los 3 años— inventó para que sus alumnos pudieran disfrutar de la lectura y la escritura.

Cuando estoy frente a ellos rememoro una escena parecida: Cuando en el relojón de la Catedral suenan graves los seis golpes, se encienden los arreboles en el poniente y los faroles tímidos de la Plaza Mayor. Las casetas y los tableros se descubren para mostrar todos los libros. Así es como aparecen: un libro de Fortuny; un cuento de Quiroa y un poema de Akabal.

Protegidos por un toldo, un grupo de no videntes cuenta con su propio espacio, exhibiendo con orgullo, libros, folletos y revistas en el idioma Braille. Un no vidente de ojos claros y mirada tierna me ofrece una cartilla que muestra una infinidad de puntos en relieve. En ella, realzados: las 27 letras del alfabeto y los números del 1 al O.
Mientras escucho un seis por ocho que brota de una marimba y olfateo el aroma del atole de elote, paso las yemas de los dedos por los relieves de la cartulina y empiezo a formar letras: los cuatro puntos de la te; los tres en fila y uno al lado de la ere; en seguida los tres al lado y uno debajo de la ene; los dos abajo y uno encima de la u; la ere de nuevo; y el punto solitario de la a.

Me sorprendo cuando observo que puedo leer en la cartilla, lo mismo que veo en la mirada de los no videntes: la ternura infinita. Esa terneza y ese candor que muestran los ojos en sombra de Olga, Gustavo, Heidy, Estanislao, Judith, Quique, Patricia y Julián. Esa mirada que es lo contrario de la mirada torva del sicario; la mirada aviesa del asesino; la mirada cínica del político que vocifera.
En el umbral de la biblioteca, Rafael Montoya y el sonriente Carlos me entregan un folleto en Braille en donde ellos han plasmado mi biografía mínima y algunos de mis malos escritos. Me despido con un abrazo de Rebeca, Otto, Celeste, Plubio, Otto y Julio. Camino hacia el poniente, y en una banca de piedra un patojo le pone brillo a mis rieles por solo dos quetzales. Abro el pequeño libro y, ante la mirada atónita del lustrador empiezo a discurrir por las páginas del folleto tratando de descifrar con los dedos los numerosos puntos que conforman las letras. Una llovizna de lágrimas ensombrece la tarde, moja las páginas y empaña mis ojos.

Fuente: www.sigloxxi.com - 141007


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.