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La hoja emborronada
Por José Barnoya - Guatemala, 12 de noviembre 2007
jbarnoya@sigloxxi.com

Los dobles de una campana desafinada anunciaron la entrada de los votantes.

Todos se dieron cuenta, pues lo dijeron por radio y televisión y lo publicaron en primera plana los periódicos: las 158 cómodas y jugosas poltronas del Congreso se las habían repartido los clubes políticos que habían derrochado plata ajena regalando láminas, promesas, adoquines, sillas de ruedas, cachuchas y playeras a granel. En otras palabras los que tenían más saliva tragaron más pinol y se habían servido con la cuchara grande los grupitos de manitas verdes de dedos temblorosos, la pirámide resquebrajada y la manota, la cabeza y el corazón endurecidos.

Como ninguno de los aspirantes a la jugosa sinecura presidencial alcanzó la cifra mágica, apareció el artículo 184 de la constitución sentenciando: “Si ninguno de los candidatos obtiene la mayoría absoluta se procederá a segunda elección dentro de un plazo no mayor de 60 ni menor de 45 días, contados a partir de la primera entre los candidatos que hayan obtenido las dos más altas mayorías relativas”.

Los dos partiduchos tenían entonces que actuar para lograr el triunfo en la segunda vuelta de la farsa electoral. El lugar de reunión fue insuficiente para alojar a dirigentes, líderes, estadistas, diputados, alcaldes y correligionarios tránsfugas. El propósito era hacer un recuento minucioso de probables votantes y al mismo tiempo agenciarse más incautos para el día de las elecciones. Las voces falsas brotaron de los cuatro confines: nosotros tenemos el control de varios departamentos; aquellos cuentan con algunos municipios; la zona tal nos pertenece aunque los otros den por segura la zona vecina.

Todos estuvieron de acuerdo con explorar una tierra de nadie a la que no había llegado arengas, proclamas, discursos y regalitos. Si logramos el control de ese territorio, tendremos el triunfo asegurado.

Recorrieron calles, avenidas y callejones, de arriba para abajo y de derecha a izquierda. Con los toquidos que se iban hasta el fondo aparecían los nombres, las fechas y los años. Los fueron exhumando, desempolvando y recomponiendo: el cráneo, la cara, el tórax, la pelvis, los brazos y las piernas, para apilarlos después en camiones de acarreo. Después de apuntarlos en varios libros se le entregó a cada uno la correspondiente boleta que lo acreditaba como ciudadano.

Retornaron en los mismos camiones desvencijados. Los dobles de una campana desafinada anunciaron la entrada de los votantes. Colocando los pies y luego la cabeza se acomodaron de nuevo. Ladrillos y mezcla sellaron los hoyos. Nombres, apellidos y fechas quedaron inscritos sobre las lápidas y planchas de cobre. De todos los nichos brotó la voz unánime: —Gracias a la democracia volvimos a ser ciudadanos, sufragamos para aumentar así el número de votos válidos—.

Al mismo tiempo, un montón de ilusos emborronábamos las papeletas, rechazando la farsa electorera de una democracia de papel.

Fuente: www.sigloxxi.com


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