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Memorias de Mario
Por José Barnoya - Guatemala, 18 de noviembre de 2007

Era natural que de esos nobles, sonoros y egregios apellidos brotara una progenie ilustre.

El municipio de El Jícaro fue siempre para mí la cuna del golpista José María Orellana, quien formó parte del trío de chafarotes que dio por tierra con el gobierno civil de Carlos Herrera.

Con el arribo de la Revolución de Octubre del 44, me enteré que dicho municipio era también cuna de gente inteligente e ingeniosa, pues cuando ingresé al Instituto Nacional de Varones apareció entre los buenos maestros que nos desasnaron, un estudiante de la vecina Escuela de Derecho que respondía al nombre egregio de Jesús Guerra Morales quien nos hizo agradables la Instrucción Cívica y la Economía Política.

Al ingresar como alumnos en la facultad de Medicina de la Usac, nos metimos de lleno en el holgorio de Dolores. Fue allí que conocimos a cabalidad a Chus Guerra Morales, al que sus compañeros universitarios conocían como El Chumpe Guerra; el mismo que publicaba epigramas satíricos en el periódico El Libertador con el seudónimo de El Torero Guerrita; el mismo que publicaba en el No Nos Tientes —anuario de la Huelga de Dolores— sonetos y elegías magistrales; y el mismo que endilgó sobrenombres indelebles a dos arzobispos: Sor Pijije y Sor Cotuzo; y a dos que tres presidentes de la república: Chilacayote, el Chelón y Cara de Hacha.

Más tarde conocimos e hicimos amistad con el hermano de Chus, don Francisco Guerra Morales a quien sus coterráneos, amigos y discípulos conocían como Pancho Caulas, sobrenombre que provenía de su prodigiosa imaginación que hacía realidad sucedidos impensados y hazañas irrealizables.

El ingenio de don Pancho se manifestaba también a través de sonetos, epigramas, serventesios memorables y apodos que endilgaba a funcionarios, ministros, diputados y amigos: Ojos de pescado en caldo, Pestañas de siguamonta culeca, Carita de cielo, Pollito desmadrado eran motes que iban de boca en boca en esta tierra tímida, reservada y mojigata.

Era natural entonces que de esos nobles, sonoros y egregios apellidos, brotara una progenie ilustre, inteligente e ingeniosa. Fue así como de la estirpe de don Francisco Guerra Morales, nació un varón al que pusieron por nombre Mario, y al que por ser vástago de tan gran señor, le apodaron: Marito Caulas.

Fue Mario quien puso en mis manos las Memorias de un Pasado Cercano que, se inician desde que deja el ombligo en El Jícaro hasta su trabajo tesonero por muchos años en la Alcaldía de la capital, pasando por su discurrir en el Instituto Central de Varones y la antañona escuela de Derecho y Notariado. Describe con maestría, memoria y soltura toda una Guatemala que antes era señorial, esbelta, limpia, culta y presentable.

En su libro, Mario con estilo propio, se apareja en la pureza de sus letras, a la poesía de su tío Chus y a la prosa de su padre Francisco; memorias de una Guatemala desaparecida que necesita resucitar para bien de este pueblo irredento.

Fuente: www.sigloxxi.com


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